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El alcalde caído

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Una mañana, durante la campaña electoral para las elecciones municipales de 2007, estaba con un viejo conocido en un bar de la capital herreña y recuerdo que le pregunté: "¿Por quién vas a votar?". "¡Por Agustín!", me respondió, al instante, abriendo unos ojos asombrados de extrañeza "¿Y eso?". "Porque donde quiera que te ve, te saluda". Esa fue su razón.
Haber sido alcalde durante más de 20 años, en democracia, es un logro del que pocos pueden alardear. ¿Pero cómo es que un político como Agustín Padrón Benítez lo pudo conseguir?
Cada pueblo tiene los políticos —alcalde, en este caso— que se merece, de eso, no cabe duda. No sirve decir, cuando las cosas pintan mal, yo no le voté; la mayoría, gana. El alcalde es el reflejo de los votantes, de su estilo y objetivos de vida. Aunque, algunas veces, se puede dar la circunstancia de que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey; aunque solo sea por cuestión de clase.
El señor Padrón Benítez ha sido un político de calculada ambigüedad, escasamente dotado para la oratoria y que siempre supo guarecerse bajo el paraguas que le abrió Tomás Padrón, a quién, sagazmente, dejó liderar la isla. Conocedor de su gente, de sus votantes, se valió de una gran habilidad que le llevó a permanecer en el cargo desde 1991 hasta 2013. Careció de simpatía y acierto para las relaciones públicas masivas; lo suyo, quizá consecuencia de la timidez e inseguridad que traslucía, era el regate corto, la charla tú a tú; sin luces ni taquígrafos. Ahí es donde recuperaba terreno y se afianzaba.
Durante esas décadas tuvo tiempo para presentar muchos proyectos y ejecutarlos bien. Muchos critican, en este sentido, la escasa labor realizada y dejar de lado, o no implicarse más, en el desarrollo de la Villa; en todos los ámbitos. Aducen que el ayuntamiento podía haber hecho más, que tenía recursos que no ha invertido, cuando quedan muchas cosas por hacer. En cualquier caso, no se debe olvidar que el municipio de Valverde está demasiado fragmentado y son muchos los asentamientos a atender; tampoco se puede ignorar, y más en tiempos económicos adversos, que sus cuentas se hallan saneadas.
Ese trato familiar y campechano que, posiblemente, no sea mérito adquirido sino condición natural, ese "saludo donde quiera que te veía", satisfacía a muchos de sus vecinos, quienes pasaban por alto o ignoraban sus limitaciones para desempeñar el cargo y no les preocupaba su pachona flema; flema que terminó contagiando a los vecinos.
Unos días antes de las votaciones del año referido, me encontraba en una vivienda de la misma localidad cuando llamaron a la puerta unos candidatos a la corporación local, por un partido distinto al del señor Padrón Benítez. Durante unos minutos departieron amigablemente, pidiendo el voto y dejando unos folletos de su ideario político y programa electoral. Cuando se iban, el dueño de la casa, un hombre ya vivido, les advirtió: "A Agustín no lo tumban fácilmente; de ahí no lo echan".
Y así fue, en verdad. En 1 987, el PP obtuvo dos concejales (16% de votos); en 1991, cuando el candidato era ya Agustín Padrón, subió a 3 concejales (24% de votos); y a partir de las siguientes elecciones alcanzó y se mantuvo en 5 concejales (44% de votos). Y se puede afirmar que esos votos obtenidos eran debidos a su persona, a que encabezaba la lista; y no, al partido. Este político popular nunca obtuvo mayoría absoluta para regir el ayuntamiento, pero supo jugar sus cartas con destreza, solapadamente, y ser el alcalde del municipio con mandato más largo. Nadie le hizo sombra. Y la gente se acostumbró.
¿Qué hubiera ocurrido si los hechos delictivos originados en 1998 y que motivaron la sentencia de inhabilitación —y otras, del TSJ de Canarias— se hubieran denunciado en su momento? (1). Pues, posiblemente, que Agustín Padrón no habría permanecido tanto tiempo en el cargo. ¿Por qué no se hizo? ¿Por qué se esperó hasta diciembre de 2 006?
(1) Contra esta sentencia cabe interponer recurso de casación ante el Tribunal Supremo; por ello mantenemos la debida cautela, en caso de que así se haya hecho, a la espera de lo que resuelva el alto tribunal. Si el citado recurso fuera favorable al señor Padrón, no se me escapa que el detrimento a su persona sería considerable.
Los ciudadanos y vecinos pueden asistir a las sesiones plenarias del ayuntamiento; pero no tomar parte en las diferentes comisiones —informativas, de gobierno...— que se formen. Y son estas comisiones —principalmente, la de gobierno— las que preparan el menú, los ingredientes y cantidades de lo que se va a cocinar; el pleno es solo una puesta en escena, una función con más o menos espectadores. Pues bien, si en Marzo de 1 999 el PSOE, partido en la oposición y con un concejal en la comisión informativa creada ad hoc, tuvo conocimiento de las irregularidades que se iban a cometer, ¿por qué no se opuso? ¿Por qué emitió un voto de abstención? ¿Tenía sentido? Pudiera ser que pidiera y obtuviera una copia de los acuerdos de dicha reunión. ¿Por qué no denunciaron esos hechos en ese momento, tras consultarlo con la dirección de su partido? ¿Por qué, según parece, facilitaron información a un vecino y le alentaron para que presentara la denuncia, años más tarde?
Así las cosas, llama la atención —y mueve a la reflexión— que un ciudadano tenga la valentía de presentar delaciones de este calibre; sobre todo, en un lugar pequeño, donde todos se conocen y cuyas consecuencias le pueden acarrear adversidades. Merece consideración, cuando menos; que cada cual se mire con calma, y se responda si hubiera tenido los arrestos necesarios para presentarla. Pero de una actuación así, aun desconociendo los verdaderos motivos que le llevaron a formular la denuncia, se benefician todos los demócratas; con acciones así, con el resplandor de su llama purificadora, se alumbran los rincones más sórdidos que afean las actuaciones políticas.
Del mismo modo, merecen ser puesto en entredicho el concejal o concejales de la oposición municipal, incluso la dirección insular del partido, quienes teniendo conocimiento de los hechos delictivos que se perpetraban —a priori, o con posterioridad—, por las circunstancias que fuesen, se abstuvieron de denunciarlos. Esa irresponsabilidad afectaba claramente en los intereses de los vecinos y es un indicio de negligencia o desidia, cuando menos.
Se dice que la justicia es lenta; es preferible, desde luego, una justicia lenta, pero firme y constante, a otra inexistente. Cuando se enjuician personas, las prisas no son buenas, máxime para esclarecer unos hechos enrevesados; teniendo en cuenta la aljaba de mentiras, trabas y subterfugios que acostumbran a esgrimir los encausados para eludir los cargos y proclamar su inocencia.
En aquella charla en el bar de la Villa, estaba otro vecino; al escuchar la conversación se acercó y afirmó que votaría, en este caso para otra corporación, por la misma persona que volvía a presentarse para el mismo cargo. "¿Por qué?, ¿es que te convence su actuación?", le pregunté, igual de curioso. "Prefiero a ese porque ya sé cómo roba", repuso con la mayor naturalidad.
La democracia se refuerza y sanea impidiendo que se cometan hechos delictivos, denunciándolos y condenándolos, en su caso. Si se quiere acabar con la corrupción será preciso hacerlo, y hacerlo con paso firme. Y no poner contra las cuerdas a alguien que se atreve a hacerlo; censurando su actuación y utilizándolo como chivo expiatorio. De lo contrario, todos seremos cómplices y responsables; y una sociedad corrupta engendra políticos corruptos.
Sería de desear que de estos hechos sentenciados —sean, o no, anulados— no se derivaran posturas enemistadas ni miradas de sesgado filo. Se constatarían así la madurez y sensatez propias de personas equilibradas.
¿Seremos capaces de hacerlo? ¿O, la podona del rencor y la animadversión silbarán en nuestras calles?
Y, finalmente, no estaría demás reconocer la dedicación al municipio del hasta hace poco alcalde; y aunque las sombras se hayan vuelto más negras, seguro que no ocultarán los jalones de aciertos y esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de sus vecinos.
¡Errare humanum est!

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