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“La anciana de la muleta gris”

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Centenares de coches resollaban en la alameda, a la entrada de la ciudad. Los gases contaminantes libraban una batalla letal y rompían las débiles líneas del aire saturado, consolidándose con firmeza. La desesperación y angustia de los conductores alcanzaba tal magnitud que parecían lobos atrapados en un cepo. A través de las ventanillas abiertas se escapan los aullidos desgarrando la bóveda gris y sórdida, sin tino. De nada servía: el atasco y el caos parecían un problema muy complejo; como cada vez que se llegaba la Navidad. Así, lo entendieron los dos agentes locales que lo presenciaban desde un parque cercano; con suma discreción, se escabulleron y desparecieron sin dejar rastro.
El taxista había detenido el vehículo para que la pasajera, una mujer anciana, indolente y esclava de una muleta gris, se bajara. Como si ella sola habitara el mundo, empleó más de tres minutos en contar las monedas para abonar el importe de la carrera; cerca de uno, en sacar al exterior una pierna lechosa, surcada por decenas de venitas azules; otro más, en apoyar ambas en un bordillo sucio de excrementos. Minuto y medio se pasó tratando de liberar la muleta que se le atascaba en el vano de la portezuela, y algo más de dos, en recoger sus pertenencias —que consistían en un bolso enorme, aunque flácido, y un envoltorio deslavazado del que colgaba una cuerdecita deshilachada—. Cerrar la puerta ya le fue imposible; le faltaban las fuerzas y, tras varios intentos, fue incapaz de encastrarla. Fue entonces cuando el taxista, un hombrecillo con bigotito de dictador, decidió salir del coche. No para auxiliar a la mujer, sino para que la puerta encajara y darse a la fuga antes de que alguien le partiera la crisma y le afeara el bigote.
Los autos reanudaron la marcha y pasaban como centellas resoplando gases malolientes. Las gargantas de los conductores, al rojo vivo, se asemejaban a recámaras de cañones vomitando un fuego devastador de improperios y denuestos, que caían sobre la indefensa mujer; sin conmiseración.
En medio del caos asesino, pidió auxilio.
— ¡Estoy cansada de la vida!
Gimió con una voz rasgada, casi agónica, y trastrabillando hacia mí.
La miré; pero apenas divisé sus ojos: lejanos, diminutos; como perdidos en un pozo de tristeza indescriptible. Me aparté del poste y ella se aferró a él. Sin fuerzas, sin ganas; por simple reflejo. La mujer era un monumento a la desintegración; yo veía, con ojo aséptico, cómo se desprendían sus células —igual que levaduras liofilizadas— y resbalaban por el poste del semáforo. Supe que me necesitaba.
—Has tenido suerte —reconocí, con cierto ánimo.
—Nunca he tenido suerte.
—Hoy es tu día —añadí con acento libertador, tratando de amainar su angustia. Me miró y vi sus pupilas abrirse como una flor al postrer rayo del crepúsculo. Sentí que se me entregaba.
La senté sobre el césped, bajo la sombra de un árbol donde saltaban unos perros. Se tumbó boca arriba, aferrada a sus pertenencias. Las nubes de la tarde pasaban por sus ojos sin detenerse. Los volví a mirar y vi que clamaban urgente redención. Sus labios moribundos, punteados de pellejitos resecos, musitaban una oda al amor fraterno. Me apresuré.
— ¿Ahora, o prefieres la noche?
Esperaba que me respondiera: "¿A qué esperar más?" Pero no dijo nada. Se cubrió las rodillas con el vestido y cerró los párpados. Sus cabellos blancos descansaban en la hierba y su pecho se alzaba en un ritmo pausado, apenas perceptible. Tenía entre las piernas entreabiertas uno de los zapatos. La dejé sola en el umbral de la nada; pero no me fui, la velé sin palabras.
Había personas que odiaban el espectáculo y preferían una salida silenciosa y discreta del escenario. Otras, en cambio, disfrutaban montando una aparatosa coreografía. En cualquier caso, era algo sin valor para mí. Lo realmente importante era la liberación. También me era indiferente el papel que había representado y las consecuencias.
Algo después, percibí el olor de sus ropas; también, su aliento. Noté que fumaba; le ofrecí un cigarrillo; el último. Fumamos en silencio. El humo salía de su boca sin fuerza, como de una chimenea que agoniza.
—Y dicen que el tabaco mata...
Tosió; después, dio otra calada; pausada y laboriosa.
—A mi, lo que me ha matado son mis hijos.
Tosió de nuevo y entrelazamos las miradas.
— ¡Qué ingratos!
Silabeó, con un deje de ronca amargura y volvió a toser, dolorosamente, con suaves convulsiones.
—Me arrepiento de haberlos parido.
Le quite el cigarrillo de los labios. Temblaban.
No dije nada. Siempre fue cruel llegar a la vejez. Encerrada en una residencia, sus hijos se olvidaron de ella; la echaron de sus vidas. Aquella mañana se había fugado. Dispuesta a todo.
Con los dedos húmedos acariciaba la cajita con las cápsulas. Siempre la llevaba encima; siempre podía haber alguien que las necesitara.
— ¿Me va a doler? No quiero sufrir más.
"Solo duele la vida", iba a decirle. Pero no lo hice; su latido menguaba como el eco de un trueno lejano.
— Nunca quise morirme fuera de mi cama, en mi casa. ¿Y ya ve, usted?
"Qué importa donde uno se muere, las consecuencias son lo importante", quise decirle.
Pero mis palabras ya no le hicieron falta; tampoco el remedio que guardaba. Había ladeado la cabeza, lo suficiente para apoyar la mejilla en su muleta gris. El bolso quedó sobre el vientre. Uno de los perros se llevó el envoltorio con la cuerda deshilachada zigzagueando sobre la hierba.
Cuando cerré sus ojos se perdieron las nubes que pasaban, sin detenerse; como exploradores en retirada.
Luego, se la llevaron; pero su muleta gris se quedó sobre la hierba, debajo del árbol donde aún saltaban los perros.

Eugenio Fernández Murias

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