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“El maná que no llega”

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Son muchas las voces que discrepan —no del sistema democrático, en su conjunto— sino de ciertos y variados procedimientos, derivaciones o interpretaciones que subvierten el desarrollo esperado o la objetiva aplicación del mismo. Así, en un primer análisis, se constata que un número considerable de personas que aspiran a legislar y gobernar y de otras que gobiernan, no lo hacen —sensu lato— por un afán de servicio a la comunidad, sino atraídos por medros y ambiciones personales, lo que les lleva a hacer de la política su modus vivendi. Hay personas que se excandecen cuando les hablan de totalitarismos (fascismo, comunismo, nacionalsocialismo) —según sea el caso— porque constriñen la libertad. Pero desconocen u olvidan que el sistema capitalista —y, más solapadamente, el democrático— también lañan el concepto de libertad, y conducen a la esclavitud —no amarrados con cadenas—, sino engrilletados a los poderes financieros y a los imperios hegemónicos de las oligarquías. Sin temor a equivocarnos, podemos inferir que somos víctimas del monstruo que algunos han creado, y el resto, obtusamente, alimentamos; consciente o inconscientemente; activa o pasivamente.
En España, son muchas las voces, pero no suficientes, que se alzan reclamando cambios. Cambios que traigan una regeneración de las ideas y sobre todo de las personas; aunque unas, son consecuencia de las otras. En concreto, se habla del dramático déficit de nuestra economía, de las elevadas cifras de parados, de los terribles desahucios, de los turbios manejos de algunos próceres de la banca, de la corrupción generalizada de muchos políticos, de la incontrolada economía sumergida, de la amnistía fiscal para los evasores de capital y del monopolio —dictadura de precios— de las grandes compañías suministradoras (electricidad y carburantes, fundamentalmente).
El pueblo griego, el de la antigüedad clásica, acuñó el término paideia, referido a la formación integral de la persona. Y es que para vivir y convivir en democracia es preciso educar al hombre, civilizarlo de tal manera que le torne proclive, de un modo natural, a respetar las normas aprobadas e involucrase en los asuntos políticos de una forma participativa y no meramente representativa. Y ya desde la escuela. Esta formación cívica integral es especialmente importante en la orilla septentrional del mar Mediterráneo, precisamente en la cuna de la democracia, donde sus habitantes son dados al relajo de las costumbres y a una enquistada picaresca tendente a transgredir las leyes. Las leyes se deben discutir ampliamente y una vez aprobadas, cumplirse fielmente; esa es la esencia. El pueblo romano, en su momento de esplendor, cuando la relajación y las transgresiones dominaban el pulso del imperio, designaban un dictador —durante un tiempo acordado— para enderezar los comportamientos; luego, saneada la situación, retornaban al sistema ordinario. Parece que el código genético de los naturales de las orillas antes mencionadas precisa de una autoridad firme que controle las desviaciones y castigue severamente los deslices. Si esa impronta —esas cualidades cívicas— no se alcanza y se transmite, es preciso ponerle freno y enderezar las conductas. Ello, intrínsecamente, no es grave; solo es preciso un diagnostico claro, una clara conciencia de la realidad, para proceder a la sanación. A pesar de las voces que dicen que los españoles son indómitos, la realidad nos dice que es un pueblo dócil, necesitado de caudillos, de líderes preparados; sin ellos, campamos desorganizados, sin objetivos claros que perseguir, en desbandada. La bacanal de excesos se contagia, se propaga y es la locura colectiva.
No es que los más cándidos suspiren por el modo de vida alcanzado en la isla de la Utopía, una vida que no precisaba del dinero ni de la propiedad privada. Pero desde aquella idílica comunidad pacífica y próspera al desequilibrio del presente, se alza un vasto abismo.
Los responsables políticos, y sus acólitos, orbitan una trayectoria que los aleja de los ciudadanos cada vez más. Parece como una espiral que partiendo del núcleo se fuera abriendo, divergiendo cada vez más. Dentro, quedan los ciudadanos: apelmazados y desorientados, aguardando los milagros, la salvación. Afuera, en una vorágine imparable, los políticos y los poderes económicos que los sustentan — o, quizás, al revés— y se escapan en una sordera congénita, encapsulados en despropósitos, incompetencias y arrogancias híper estelares.
Los ciudadanos —grosso modo— quieren unos líderes políticos que les resuelvan los problemas, cuando en realidad deberían ser ellos quienes los resolvieran —a ellos y a los problemas—. Esa pasividad ciudadana es un claro diagnóstico de la enfermedad que padecemos. Conviene recordar que no hay salvadores ni redentores, tan solo personas que han generado una civilización de barro —por acción u omisión—. Y el barro no da consistencia a la estructura, revela ineficacia creativa casi siempre; y solo tapa las grietas y en el mejor de los casos, enluce o enmascara.
Los ciudadanos tienen la sensación —la certeza, mejor— de que los políticos prevaricadores, los gerifaltes de la banca que demandan rescate y los grandes malversadores y estafadores quedan impunes, sanos y salvos —y para escarnio— enriquecidos de las fechorías. Se suceden, como si de una película de terror se tratara, hechos tremendos de incompetencia y latrocinio. ¡Y no pasa nada con los responsables! El banquillo de los acusados aparece vacío, sin feas y crasas posaderas tapando el barniz del oprobio. Los caudales de la ambición —legalmente amasados, según ellos, aunque ilegítimamente adquiridos— los tienen a buen recaudo, en agujeros que solo ellos conocen. Y mientras tanto el pueblo sigue gimiendo en la esclavitud, en la desorientación, lejos del edén que los profetas y muñidores les prometen en las vacuas, insulsas y anodinas campañas electorales.
¿Dónde se esconde la cultura democrática de los ciudadanos? ¿Ha existido alguna vez?
Se han reiterado hasta el aburrimiento algunas iniciativas, pero todas caen en saco roto. El gobierno solo ejecuta aquello que le apetece, obliterando los oídos a los deseos e inquietudes ciudadanas. Como si en un mar proceloso hubiéramos caído, los gobernantes, que se han quedado con las almadías y flotadores, se pierden en la nebulosa orilla, dejando a la marinería a merced de la tempestad. El gobierno, el que sea, sube los impuestos, dispara las tasas, crea otras nuevas, baja los salarios de los funcionarios, suprime derechos adquiridos, aumenta los ratios de alumnos por aula, garlopa esperanzas creadas..., tan solo con la idea de arreglar la pésima gestión a la que nos han conducido, sin importarles la situación agónica de muchos ciudadanos. Solo tratan de salvar sus intereses —los suyos, aunque camuflados bajo el poncho de lo que han dado en llamar estado del bienestar—, a costa de exprimir al pueblo. Aquellos rollizos ciudadanos que otrora recorrían las calles y travesías, deambulan hoy enjutos, como espaguetis sin sombra, alzando a duras penas la deshilada bandera de náufragos. ¿O, es que deambulábamos hacia un espejismo dorado?
En todo este avatar, los ciudadanos somos responsables; no por acción, sino por omisión. Nos hemos quedado parados, devorando las promesas de una arcadia feliz, de un estado del bienestar; aguardando pasmados la salvación. Hemos entrado al trapo con fiereza de un mihura novato y enloquecido. Ese es el error colectivo. Pero la espera puede ser inane, mientras no se tome conciencia clara de ello y se empleen las energías para salir del atolladero.
Nunca en España ha habido tanta presión recaudatoria y nunca las arcas han estado tan vacías ¡Pero nadie es responsable! Nadie es condenado al ostracismo, a purgar sus fechorías, negligencias o abusos. Al contrario, se premia a los incompetentes e ineptos con medallas y puestos de relevancia, sin que el más tenue sonrojo caldee la epidermis de los señores del palacete y sus fieles lacayos.
¿Qué ha pasado?
Sin temor a errar groseramente podemos afirmar que estamos gobernados por una casta de mediocres y que carecemos de una elite de mentes privilegiadas que lideren y dirijan a la masa ciudadana. La ceguera política de esos mediocres, su incompetencia y su codicia son las responsables del despilfarro y sus consecuencias. Se ha gastado pródigamente, contagiando al pueblo, como si la maquina de hacer dinero se hubiera vuelto loca manejada por mago insomne. En este sarao de "abundancia" nadie se asomaba a los balcones para ver las vacas flacas subiendo del río. Y, como para justificarse, algunos políticos sostienen y predican que "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". El rubor y la sensatez se han enemistado definitivamente con las mejillas de los políticos. A muchos de esos que han vivido por encima de sus posibilidades, resulta que ahora sus ahorros se los han chupado los espabilados de la banca.
Ciertas iniciativas ciudadanas insisten en suprimir el senado, por ser innecesario y costoso; mas los poderes que nos gobiernan, actores mediocres de un pésimo espectáculo, hacen mutis por el foro. Hay que colocar y contentar a muchos amigotes y deudos, ¿y qué mejor acomodo que una cámara que carece de potestad legislativa decisoria pero otorga categoría, estatus y, además, tratamiento de excelencia...? No deja de ser irritante, amen de gasto absurdo, contratar traductores para que sus "señorías" se puedan entender en las diversas lenguas de esta Iberia vetusta y desdentada. ¡Abajo el senado!
Igualmente hacen oídos sordos a las demandas de retirar las subvenciones o donaciones concedidas a los partidos políticos —o, a las fundaciones que los enmascaran—. Las agrupaciones políticas se han convertido en genuinas máquinas de intrigar y zancadillear; en jaulas de animado peloteo, donde los disidentes son condenados a las galeras del anonimato y los aduladores al podio de los vencedores. Los partidos son clones de barro del gigante que hemos creado. ¡Fuera subvenciones!
Los ciudadanos también exigen la supresión de las ayudas estatales a los sindicatos. No se quiere que de los impuestos se detraiga una parte para subvenir esta partida y así, con suculentas ayudas y prebendas, acallar las voces de los llamados líderes sindicales. Se reclama que sean los afiliados los que aguanten el palo de ese velero que navega con los vientos del poder y se ceba entre bastidores, después de engatusar a las masas con un juego burdo, de tan infantil, cansino y molesto. ¡Fuera estas ayudas!
Se pide, incluso, que los ciudadanos que deseen incorporarse a la política lo hagan sin emolumentos ni sinecuras especiales, percibiendo un salario tabula rasa, y acorde con la media de los trabajadores. Aunque los privilegiados que llevan décadas calentando escaño, se defienden diciendo que los políticos tienen que estar bien pagados para que los más preparados intelectualmente no se marchen a los sectores privados. Actualmente, están demasiado bien retribuidos y no por ello se ven trazas de grandes capacidades y saberes; al contrario. ¡Fuera con los estatus de privilegio!
Se protesta por los gastos de Defensa. Ciertamente, parecen inevitables; pero en lo referente a las misiones que las Fuerzas Armadas desarrollan en el extranjero tal vez se podrían suprimir; al menos, temporalmente, hasta que la situación económica del país mejore. Aunque, parece evidente que ningún político se atreverá a solicitarlo formalmente, por no sentir los bufidos de los socios. Pertenecemos al club de la OTAN, entre otros, y ahora hay que arrimar el hombro, "apechugar"; en lo bueno y en lo malo. Pero a nadie se le ocurrirá negar que por esa grieta, fácil de calafatear, la nave nacional no esté perdiendo una preciosa y urgente liquidez. ¡Fuera con los gastos absurdos!
Se han parido —tensando la piel de toro— diecisiete comunidades, más dos ciudades autónomas. Y si ese parto no ha sido fácil, más gravoso es el amamantamiento y control de la derrochona y levantisca prole. Las consecuencias de esta cohabitación precipitada han generado una epidemia de políticos en los parlamentos y en los gobiernos. Además, y revoloteando sobre el meloso panal, un enjambre de asesores, cuya sombra y bordoneo se ha vuelto inconmensurable y molesto. Y, aparejado a este andamiaje, se adosa un colosal ático de personal administrativo, de mantenimiento, transporte... que pasma y enmudece. Las diputaciones, cabildos y ayuntamientos, como presas sin fondo, también se han llenado de funcionarios y personal vario, como si los recursos se generasen con los aportes de aluvión tras las lluvias abundantes. Añádase a esta infraestructura los inmuebles, los equipos informáticos, el mobiliario, los elementos de transporte, utillaje... y el "derroche" se convierte en la prima donna de una función cuyo final no se vislumbra. Y la consecuencia no es una mejor eficacia de la máquina burocrática, sino un brutal enmarañamiento de duplicidades, triplicidades y hasta cuadruplicaciones de servicios. Pero el nepotismo se ha consolidado y no hay modo de saciar las apetencias de un clientelismo voraz.
Se reclama una reforma y reducción del tamaño de las administraciones. Si la descentralización del poder es satisfactoria y nadie pone objeciones a la utilidad y permanencia de las Comunidades Autónomas, consecuentemente, se debería reducir la administración y competencias del Estado. Ciertamente, las conservaría en Asuntos Exteriores, Defensa, Interior, Economía y Hacienda y un único ministerio de Coordinación de las Administraciones Públicas. Eso debería ser suficiente, disminuyendo así personal y medios de rango estatal. Y si no son viables —las Comunidades Autónomas—, habrá que regresar al pasado. Pero, entre tantas cabezas que cobran por pensar, ninguna desarrolla el ejercicio correctamente, nadie se atreve o quiere poner coto. Y los excesos siguen galopando. Aquellos polvos, trajeron estos lodos, podríamos concluir.
¿Hemos perdido la ilusión colectiva como nación? Es posible, a tenor de los movimientos separatistas que se aprecian y de la apatía generalizada. Una nación, un cuerpo social, como afirmaban Theodor Mommsen aludiendo a la nación romana —y aplicable al reino de Castilla— se forma mediante la incorporación de diferentes pueblos a un proyecto, a una realidad común; y no por afinidades religiosas, de raza o geográficas —aunque no sean desdeñables—. Cuando esos proyectos, esas ilusiones, no existen o se han perdido viene la desincorporación. Ya lo advirtió Ortega y Gasset: la historia de la decadencia de una nación es la historia de una vasta desintegración.
Recordaba el pensador francés Ernest Renan(1), aludiendo al canto espartano: "Somos lo que ustedes fueron, seremos lo que son". ¿Serían posibles estas palabras en la España actual? ¿Las generaciones presentes podríamos gritar esto a las antiguas y las venideras a las actuales? ¿O, es que hemos perdido el testigo?
Vivimos —mejor sería decir, arrastramos— tiempos de desorientación y desincorporación, y se echan en falta esos pocos líderes egregios, a los que aludía el filósofo matritense, que alcen el estandarte y guíen a las masas; pero también se echa en falta la confianza de estas en los líderes y la consecuente docilidad, de la que se ha hablado.
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(1) Conferencia dictada en la Sorbona el 11 de marzo de 1882

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