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“Los cazadores”

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La noche había caído sobre los cerros; también, en el llano. El hombre permanece echado al borde del camino, pasado el recodo; junto al arroyo. Fatigado; bajo un cielo de nubes claras, estáticas. Sobre las crestas palpitan las estrellas: diminutas y alegres; se diría que quieren darse la mano; o, un beso de luz. En el silencio; porque allá arriba no llega el canto de las cigarras, tampoco el rubor plateado de las luciérnagas; ni siquiera la mirada insomne del búho.

A ras de tierra, el hombre percibe un retumbo de cascos, de herraduras golpeando la tierra. Luego, rumor de voces quebradas, entre resoplidos. Y columbra una lucecita oscilante, acercándose. Y tras la polvareda que presiente, algún carraspeo, algún gargajo. Se pliega sobre el suelo, aovillado tras el perfume de los tomillos. Lentamente, cuando salen de la cañada, va distinguiendo una columna de jinetes.

"Deben ser diez", calcula.

Han dejado de trotar y ahora, a su altura, van al paso; humeantes y excitados. "Son cazadores que van a cazar".

Las sombras van menguando, perfilando las siluetas. Se expande el sudor; se prende del encinar, como bruma apelmazada.

"Mañana, será un buen día". Después de un resoplido, alguien responde: "Sí, vamos a tener suerte". "En media hora, llegamos", añade otro, alzándose sobre los estribos, oteando las luces de la aldea que se divisan entre la enramada. "Aún tendremos tiempo para dormir unas cuantas horas", apostillan al final de la columna. "Los coches hace ya una hora que llegaron; ya se han instalado", exclama una voz de mujer. "Hacía años que no hacíamos el camino a caballo". "Esto es más emocionante".

En cabeza, sobre la montura, se yergue el conde. Delante, pie en tierra, un muchacho sujeta su caballo de las riendas y alumbra el camino con una linterna. El vaho de su respiración se disuelve en el polvo; se percibe más ronco, más agitado que el de los animales.

Un pedrusco en el camino, imperceptible en las sombras, y el caballo da un quiebro repentino. Se bambolea el jinete. A punto está de ir a suelo, pero se endereza; sin perder la compostura.

"Como Gedeón tropiece, te la ganas, Pedrito. ¡Lleva cuidado!", advierte desde la silla, sin bajar la cabeza. Es su grito imperioso, como el de un corzo durante la berrea; y el ademán de su brazo, expeditivo, aun en las sombras.

"Ya lo hago, excelencia", responde el muchacho, que se va sofocando en un torbellino de jadeos. Gotitas de sudor brillan bajo las estrellas, en las sienes palpitantes.

Se asoma la luna, redonda entre jirones de nubes, por levante. Antes de cruzar el arroyo se detienen. Beben los caballos; sus largas crines reflejadas en la luna del agua. Bebe acuclillado el muchacho sorbos temblorosos de la tacita de su mano.

Siguen de largo, despacio; al rato, trotando de nuevo; hacia la collada. Bajo el polvo arremolinado, permanece el olor a estiércol y sudor.

"¿Quien sabe si el muchacho resistirá?"

Cuando se incorpora, un bostezo de brisa le trae un olor requemado; una sombra cabizbaja.

"Me quedaré sin faena, pero no sin dignidad".

El muchacho se ha sacudido el cansancio y la humillación; pero aún se oye el latido sincero del rencor.

"Por mucho que el conde quiera a su caballo, más me quiero yo".

La luna parpadea tras un jirón de nube, como asintiendo.

En la otoñada, durante quince días, cuando la montería, el muchacho tiene que guiar y asistir al conde en busca de los venados; el resto del año, su obligación es cuidar de la finca, de la casona. Pero ya no lo hará más.

"Siempre vienen en coche, esta vez les dio por hacer el camino a caballo".

Coge un puño de higos secos; mastica con ansiedad creciente; destellan los dientes.

"Si quiere criados, que los busque en otro sitio".

Se tensa la mirada del búho; cruje la rama. La luna remacha de nácar el pelaje gris, desprevenido.

"¿De qué te ha de valer la dignidad sin un triste mendrugo que llevarte a la boca?"

El estallido de las mandíbulas, como un rumiar acelerado, se ahoga en el arroyo.

La luna se sobresalta, en la collada; como herida por alfileres que gotean ensangrentados, entre chillidos.

Decenas de mariposas se agitan en el sobresalto de la noche, a su paso; por el sendero, ahogando el brillo de los guijarros, bajo las estrellas que palidecen en un beso de luz; sobre los cerros.

Eugenio Fernández Murias

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