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“El cronista herreño”

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La labor creativa de Don Carlos Quintero Reboso (Valverde, 1926)  no mengua. El 24 de agosto del pasado mes, en el salón de Plenos del Cabildo de El Hierro, presentó ante un público expectante y numeroso su última obra: “Historias del pueblo herreño”, tomo III, que relata las vicisitudes acaecidas durante la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, el golpe de Estado —cuyo fracaso  derivó en Guerra Civil— y los años posteriores, circunscritas al ámbito de esta isla.

En su disertación, el autor puso de relieve las precarias condiciones de vida en la isla, derivadas de una economía de subsistencia y agravadas por las consecuencias del enfrentamiento armado, lo que obligó a los herreños —masivamente— a emigrar a Cuba y posteriormente a Venezuela. La época objeto de análisis se refuerza y documenta con la aportación de testigos —algunos ya fallecidos— y también con las vivencias del propio autor. Así, dejó constancia —en sus años de infancia, durante la contienda— de que no se impartían clases; que acudían a la escuela donde les colocaban en la ropa una insignia de Franco y los mandaban a casa. De su juventud —posiblemente, cuando regresaba de Madrid para descansar de los estudios que realizaba— contó que cuando la bandera nacional se izaba en el casino de la Villa, era señal de que esa noche había baile; pero solo hasta la medianoche. A esa hora, el generador —ubicado en el Esquina de la Romera— dejaba de funcionar. Ellos, que eran jóvenes y con ganas de divertirse, y como aún quedaba mucha noche por delante, minutos antes de las doce recaudaban una peseta entre los más animosos con el objeto de alargar el baile. Con ese dinero pagaban el combustible y conseguían una hora más de fiesta.

 Durante la presentación, Don Carlos se interesó y ofreció su obra, sobre todo, a los jóvenes isleños —significativamente, ausentes del acto— con el ánimo de que conozcan los avatares de su tierra, los desvelos de sus antepasados y las raíces que les nutren. Finalmente, puso de relieve las obras de construcción de la central hidroeólica que pronto culminarán, apostando por su éxito y sobretodo para que el espacio insular, y su mar, permanezcan incólumes, como los dejaron las generaciones precedentes; y que los alisios errantes sigan acariciando con sus luengas y húmedas guedejas los bosques y las medianías que sostuvieron sus vidas y anhelos.

 Este libro culmina, hasta el presente, la historia del pueblo herreño y de su espacio vital, iniciada en el año 1997 con la publicación de “El Hierro una Isla singular”, tomo I (historia, costumbres, leyendas, flora, fauna…) y continuada en el año 2001, en el tomo II (siglos XIX y XX: historia, costumbres, sociedad, cultura).

En medio de ambas publicaciones —del II y III volumen—, este cronista nos deleitó con el exquisito apunte biográfico de “don Pedro Quintero Núñez, virrey de Manila”, publicada en 2003.

Aguardamos todavía de don Carlos, de su tesón creativo y de su provecta experiencia, un cuarto tomo, en el que nos relate los últimos años de la Dictadura del general Franco, los breves pero intensos de la Transición y los apasionantes  y veloces cambios sobrevenidos en la isla con la llegada de la Democracia.

Y mientras eso sucede, sería de justicia reconocer el esfuerzo y las aportaciones de este divulgador —quien no se considera historiador, tan solo aprendiz de escritor— que comenzó su labor investigadora tardíamente, después de llegar a la jubilación. Este reconocimiento no debería dilatarse en el tiempo, pues sobrados son sus méritos y de paisanos agradecidos es valorarlos adecuadamente, para que el autor sienta en sus carnes y en su espíritu la admiración de las gentes a quienes él ha revelado tantos secretos, tanta pasión herreña.

Al igual que en su día manifesté mi deseo de que la escritora y poeta Alvarita Padrón (1928-2009)

—“Si me preguntas, ¿qué es ternura?,

 te diré sus manos blancas;

si me preguntas, ¿qué es dulzura?,

 te diré su voz pausada;

y si me preguntas, ¿qué es sosiego?,

te diré su sonrisa clara“—

 nominara alguna calle, plaza o rincón isleño, en el presente expreso mi deseo de que también, en algún lugar de la isla, aparezca el nombre de don Carlos.

Porque:

“De la mar viene la pardela;

                                                                                                              De la mar, hacia la escuela;

En la pluma timonera,

Cristales de salmuera;

Y bajo la bruma

Ansiedad de espuma.

Se posa en veril caletero,

Al pie de Carlos Quintero:

El cronista de sueños

Y de aconteceres herreños.

En el flujo de la marea

La memoria se recrea;

Y un relato paciente

Se mece suavemente…”

Ambos, lo merecen. Doña Alvarita, ausente todavía de su largo viaje, presumiblemente ya no lo verá; y cuando lo haga, quizá las letras estén borrosas. Don Carlos, aún está a tiempo. No lo retrasen; esto y cualesquiera otros homenajes.

Ciertas personas que viven entre nosotros —y que lo hagan largamente en la memoria— ya nominan calles; otros, reciben galardones y doradas medallas el día de la Comunidad. Sin desdeñar sus méritos ni el acierto de quienes los propusieron, doña Alvarita y don Carlos no les van a la zaga y su vigoroso legado resistirá las inclemencias del tiempo.

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