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“Títulos y tratamientos”

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Desde tiempos antiguos, tan antiguos que la memoria se torna borrosa, el ser humano, para sustentar la autoridad y el poder sobre sus congéneres, pensó que si se rodeaba de un halo divino sería, no solo respetado, sino temido y obedecido, y su dominio sería firme y duradero. Así, se inició el derecho divino de los reyes —"rey por la gracia de Dios (Rex gratia Dei)", "todo poder es emanado directamente de Dios"—; el poder absoluto —"lo que place al príncipe tiene fuerza de ley" (Quod principi placuit, legis habet vigorem), "el príncipe está desligado de las leyes" (Princeps legibus solutus est")— y su largo camino hegemónico, juntamente con la nobleza y clero; estos tres estamentos dominaron y aún dominan al resto de los humanos. Añádase a ellos el poderoso dinero, que nunca ha estado ausente de los banquetes, y el dominio es absoluto (1).

Este origen divino de la realeza, reafirmado y mantenido por la fuerza de las armas y el poder espiritual, le confirió una estructura invencible e inalcanzable. Palabras como MAJESTAD y ALTEZA lo prueban sobradamente y todavía son muchos los que se sobrecogen al proferirlas (2). Piénsese, tan solo, en la ceremonia del besamanos, como signo palpable de acatamiento a su superioridad y que patentiza la inferioridad de quien se doblega. (Han prescrito otras manifestaciones grotescas: prosternarse a su paso, barrer el itinerario, lanzar pétalos de flores o caminar sin darle nunca la espalda; el uso de flabelíferos para aliviarle del calor, los sumilleres encargados de probar el menú, palafreneros para las monturas... ¿Me equivoco?). Si en democracia el soberano genuino es el pueblo —en el caso de que perviva la monarquía— no debería haber ningún óbice para que ambos, rey y pueblo, se tutearan; pues no deben existir problemas entre iguales...

A la nobleza cortesana, la que apoyaba y se beneficiaba (¿se beneficia aún?) de la superioridad y munificencia regias, para premiar la fidelidad le adjudicaron el pomposo título de GRANDEZA, materializada en diversos grados nobiliarios según los méritos: DUQUES, MARQUESES, CONDES...; haciéndolos EXCELENTÍSIMOS y dotándoles de poder omnímodo en los territorios de sus encomiendas. Y con el derecho de transmitirlo a los herederos. Así, emperadores y reyes, los tenían sujetos y contentos; porque, aquello de primus inter pares, como que no. El rey era el rey.

En el ámbito de la religión cristiana, a un sencillo pescador de Galilea le endosaron la responsabilidad de asumir la jefatura de la incipiente iglesia de Palestina. Y pasó de faenar con redes a pastorear ovejas (humanas); un cambio, que bien pudo ser traumático. Como esa ocupación les pareció más complicada, a los sucesores en el solio pontificio decidieron que había que dirigirse a ellos con el apelativo de SU SANTIDAD (recuerden sin rubor la de Alejandro VI; sin duda, émula y edificante). Y tan poco elevado les pareció que lo reforzaron construyendo una silla gestatoria, paseándole en alto para protegerle del rebaño, y otorgándole infalibilidad en asuntos de "solemne definición pontificia", garantizada por la asistencia del Espíritu Santo (en forma de paloma o palomo). A los inmediatos en el escalafón —no satisfechos en su orgullosa humildad, pues también se sentían y sabían príncipes de la iglesia— les concedieron el título de EMINENCIAS (Eminentísimos y Reverendísimos). A los siguientes, no menos conspicuos, MONSEÑORES (Excelentísimos y Reverendísimos); y a los presbíteros, a las que se llenan del olor del rebaño, REVERENDOS. Este poder eclesiástico se afianzaba en una grey iletrada y sumisa, sobre la que pendía la terrible espada de la excomunión; sin desdeñar el sacramento de confesión, un acto que exige de las ovejas una humillación total (algo propio de esa especie, por otra parte) regurgitando con humildad los pecados cometidos: de acción y pensamiento.

En el devenir de los tiempos, ya en el ámbito civil (y militar) —y para no ser menos— a las autoridades que fueron emergiendo se las trata de VUECENCIA, USÍA, MUY HONORABLE... y otros que ya se han quedado olvidados. Sin orillar el USTED, con el que los hijos se dirigían a los progenitores y demás ascendientes, maestros, instructores...

Lo importante, en cualquier caso, es diferenciar y realzar. Alejarse y distinguirse. Y para rematar el asunto se alojaron en espléndidos palacios, protegidos por guardia y escolta; dejando claro que sus vidas y haciendas, quieras o no, habitan estratos más elevados y es peligroso y de muy baja estofa mezclarse con la vulgaridad.

¿Por qué los tratamientos? Precisamente para lo dicho; es decir, parapetarse tras un escudo protector, que los separe del vulgo y así mostrar la superioridad, el rango diferenciador. Y de paso aislarse de sus miserias y problemas. El pueblo es algo lejano y molesto. Ocultarle la realidad, deificarse, les hace más poderosos, más intangibles.

¿Se deberían suprimir todos los tratamientos y títulos? Sin duda, eso constituiría un signo de igualdad entre los seres humanos; una manifestación de que la democracia es real y plena (3). Si les parece muy fuerte para empezar a digerirlo dejemos solamente el USTED; como etapa transitoria, hasta liquidarlos. El TUTEO es suficiente. Debe ser suficiente, si la educación y el respeto entre las personas es el adecuado. Prueben a hacer una instancia a un ministro cualquiera y eliminen el tratamiento y pasen al tuteo. No por ello pierde la autoridad que debe tener en el ejercicio de su cargo. El respeto mutuo es la argamasa de toda civilización y, ese, se consigue con la rectitud y honradez de los comportamientos; de unos y otros. Tratamientos, títulos, honores,... son signos evidentes de desigualdad entre seres de la misma especie; seres que comparten el mismo origen y el mismo destino. Un destino de llana monotonía donde todos, sin exclusión, más tarde o más pronto, se desintegrarán en el polvo estelar. Pues materia somos y como tal en perpetua cambio.

Y sin rangos ni divisas, que se sepa.

Lo que antecede es tan solo un breve apunte; de andar por casa, por así decir. El abanico de títulos y tratamientos es verdaderamente complejo y delicado; resumirlos, sin escocer a alguien, también. Posiblemente, eso que entendemos por autoridad quizá no esté preparado para bajar al estado llano, donde la ejemplaridad y el respeto deben ser los únicos estandartes.

¡Si los primitivos cromañones levantaran la cabeza...!

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(1) Un nuevo invitado ha aparecido en el festín: la prensa. Los magantes que la controlan aliñan a su antojo, encumbrando o silenciando, y se han convertido en genuinos herederos de aquellos señores de horca y cuchillo.

(2) Los británicos aún mantienen, y al parecer con sumo orgullo, el lema de "God save de Queen (King)". Los primates descarriados de los valles de la civilización "hegemónica" desconocen lo uno y rechazan a los otros.

(3) La democracia será una falacia mientras los seres humanos sigamos "cultivando" con tanto esmero la codicia, la ambición y la arrogancia...

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