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“La okupa”

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Me quedé observando a la mujer. Llenaba unas garrafas con agua de un surtidor que el ayuntamiento había instalado en la zona del barranco de Santos. Cuando terminó, las colocó en un carrito de la compra y echó a andar. En ese momento, confluyeron nuestras miradas. Compuso una sonrisa y se detuvo. Me acerqué. Me fijé en su pelo, casi cortado al rape, teñido; era del mismo color que las tallas de los angelotes que adornan los artesonados y retablos de algunas iglesias. Encontré sus ojos, azules bajo un cielo de primavera temprana, donde volaban diminutas señales de timidez; erráticas como alcatraces lejanos. Unas gotas de sudor resbalaban de los surcos de su frente. Iba toscamente vestida, aunque aseada; y sus pechos, subían y bajaban, levemente acelerados, ocultos bajo una camiseta blanquecina, deshilada en un costado. Una chapa gris pendía del cuello, de un cordoncito negro, como si allí se grabara su escueta identidad; como si fuera prisionera en algún lugar. Cojeaba levemente. Sentí que sus pisadas inestables dejaban un rastro de bondad.

Le ofrecí mi ayuda para tirar del carrito. La rechazó y caminamos pausadamente. Le pregunté si no tenía agua en su casa. Me dijo, y se espantaron sus pupilas, que no tenía casa; que era una okupa. Al cabo, regresaron, confiadas; oreadas, sin recelo. Y parándose me habló de que todos los días tenía que hacer dos viajes hasta el surtidor para buscar agua. Y daba las gracias al ayuntamiento por haberlos colocado; de lo contrario,... Esa actividad le causaba muchas molestias, pero tenía que hacerlo. Necesitaba el agua para asearse, para lavar la ropa...

"Y para hacer de comer", agregué, casi para mí. Pero no cocinaba. Sin gas, sin electricidad..., rebuscaba en los cubos de basura. Al principio, avergonzada, amparándose en las primeras sombras de la noche; luego, en cualquier momento, cuando era menester.

—Si usted supiera la cantidad de comida que tira la gente —prosiguió, dando unos pasitos.

En cierta ocasión un hombre la sorprendió hurgando en los cubos y la regañó con cierta severidad. "Que si no me daba vergüenza, me dijo. Yo le respondí que no estaba robando a nadie, que solo cogía lo que otros habían botado".

Quise saber cómo había llegado a esa situación. Trabajaba de limpiadora, pero una enfermedad de los huesos la condujo al paro; sin misericordia. Había conseguido una ayuda del gobierno de algo más de trescientos euros. Pero no le daban paran nada. Tenía las caderas destrozadas y le costaba mucho moverse; además, los años se le echaban encima.

—¿Vive usted sola?

Me confesó que se había separado, pero que su hijo, también parado, la acosaba de vez en cuando para sacarle el poco dinero que tenía. Se lo daba; más por temor que por deseo. En un par de ocasiones la había golpeado; brutalmente. Quería más. Huyó de él, y desde hacía unos meses se había arrimado a un desgraciado en paro. Era un hombre grosero, haragán. No quería buscar comida; ni siquiera ayudarla a buscar agua. Se lamentaba día tras día y le chupaba el poco juego que le quedaba.

—Pero hoy discutimos y cada uno por su lado. Pero en la misma casa. Estamos condenados; hasta que nos echen.

—¿Y la policía?

—De momento, como que hace la vista gorda. Gracias a eso. Si no, debajo de este puente que usted ve. Esto no es vida. Mis padres aún viven, pero en otra isla. No saben nada de mi situación: no quiero que se preocupen. Piensan que todo sigue como antes.

Nos separamos.

La vi volverse unos pasos, desde la otra acera, resignada en tristeza, bajo un sol que caldeaba su cabeza chamorra. Y una sonrisa voló hacia mí. Me sentí apesadumbrado, pero ella parecía renquear sobre un pavimento de fugaz alegría.

"Nadie habla conmigo; todos me miran como si fuera un bicho raro y esto le puede pasar a cualquiera".

Desde mi ventana la veo pasar con el carrito; renqueante, ensimismada; solitaria en la ciudad. Hoy me pareció que buscaba el consuelo de mi plática. Su rostro ajado, bajo el dosel dorado, rastrillaba por los viales donde corretean los perros y se arrumazan los enamorados.

Estuve algún tiempo fuera de la ciudad; cuando volví al surtidor del barranco, ya no la encontré.

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