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LA SEÑORA CONEJO

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GLORIA, es el resplandor de la humildad y, FELIZ, es todo aquel que pueda exclamar: HE DESCUBIERTO EL GOZO DE VIVIR.

Estimados amigos de EL HIERRO DIGITAL:

No es la primera vez, ni tampoco, será la última que, en estas mismas páginas, merced a la gentileza de mi gran amiga y Directora, AURORA MURCIANO, les he dejado impresos algunos célebres versos, pertenecientes a los más notorios vates que por el mundo de la eterna Literatura, seguirán apareciendo.

Con la debida autorización de un inspirado buen colega, JOSÉ GREGORIO REYES GARCÍA, hoy, quiero patentarles, las delicias de un tierno Poema Infantil, digno de ser ser leído; de ser recitado por muchos de los buenos padres que, por este dilatado Digital, nos honran con su más altruista seguimento ejemplar.

¡Una sencilla forma y manera de intentar olvidarnos por unos breves instantes, de tanta enfermiza Política, del cotidiano ajetreo y catastróficas malas noticias!

Este buen amigo mío, llevado por su reconocida humildad, no se considera con los suficientes méritos como para publicar sus acertadas inspiraciones y, tan sólo, suele usar Internet, para, tímidamente, colgarlas y ofrecérselas a sus más cercanos amigos.

En varias ocasiones, he tenido la afortunada oportunidad de exponer sus rimas, a través de la Radio y siempre, siempre,fueron recibidas con reconocido júbilo y natural aceptación.

Buena ejemplo de todo lo expuesto, aquí queda su POEMA INFANTIL:

LA SEÑORA CONEJO

Salió la señora conejo,
Temprano de su madriguera,
A buscar raíces y hojas tiernas,
Pues se le vació su despensa.
Se encontró al erizo Manolo,
Que le dijo, -¡Ya es primavera!
-Buenos días tengas, Manolo.
-Buenos días, doña Elena.
Cantaba el mirlo Felipe,
En la rama de una higuera,
-¿Pero como dices eso muchacho,
Si hace un frio que pela?
-Pues es lo que toca ahora,
Aunque con el frio no puedas,
Deberías tener un abrigo,
Calentito que te cubriera.
-¿Y cómo podría volar entonces,
y subir a lo alto de las palmeras?
-Pues no te quejes Felipe.
Que cantar y volar yo quisiera.
Pero con el frio que está haciendo,
Prefiero el calor de mi madriguera.
Que está mullida y calentita,
A pesar de este largo invierno,
Que ya llegará el calor,
Y sudaré como un perro.
A esto observaban los conejos,
Que buscaba raíces y hojas tiernas.
Eran don Bernardo y seis gazapos
Los hijos de doña Elena,
Que jugaban correteando,
Entre las ramas y las piedras,
Mientras escuchaba don Bernardo,
De sus amigos las preferencias.
-Siempre nos vamos quejando,
De lo que en la vida acontezca,
En vez de disfrutar las cosas,
Dijo cabeceando y agachando sus orejas.
Se quedó pensando el erizo,
Y también el mirlo desde la higuera,
Cuanta razón tenía el conejo,
Con esto de tantas quejas.
-Tiene usted razón don Bernardo,
No puedo tener abrigo,
Pero las plumas que me cubren,
Suben alto mi canto y mi silbo.
-Y yo que vivo en el suelo,-
Dijo Manolo con tono sincero,
-No puedo cantar ni volar,
Pero tengo un bonito agujero,
Que es fresquito en el verano,
Y calentito en el invierno.
-¡Pués ya es primavera!- repitió Manolo
-Feliz día doña Elena
-Que bien canta el mirlo Felipe
Desde lo alto de la higuera.
-Muchas gracias Don Bernardo,
Agradeció Felipe alzando el vuelo.
Cantando y silbando se alejó
Subiendo hacia el alto cielo.
Elena no había parado,
Recogiendo raíces y hojas tiernas
Mientras ellos debatían,
Había llenado su despensa.
Adiós amigo erizo,
Adiós amiga coneja,
Que tenga usted un buen día,
Se despidieron Manolo y doña Elena.

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