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EL HUEVO Y LA SAL

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   Cuentan que en una ocasión, se sentaron a una mesa cuatro comensales con la idea de participar en un almuerzo distendido y hablar de la gestión de una gran empresa, en la que participaban los cuatro. Dos de los comensales eran de derechas y los otros dos eran de izquierda, y pidieron como aperitivo cuatro huevos duros.

   El camarero se los sirvió en una tarrina y les puso sobre la mesa cuatro pequeños platos con sus cubiertos, un salero y una azucarera. Pero en ese momento, mientras el camarero les servía, los dos comensales de izquierda comenzaron a teorizar sobre si el tiempo ideal para pasar los huevos era de tres minutos o de tres minutos y medio, y si la yema debería estar sólida, cremosa, o en estado casi líquido.

La conversación continuó luego entre dichos comensales, en que si los huevos duros o medio pasados, deberían sazonarse con sal fina, con sal marina más gruesa, o quizá con azúcar como algunos comensales prefieren.

Aquella conversación derivó casi en una discusión en la que subieron un poco el tono de voz aunque sin llegar a las manos, cuando de pronto miran la tarrina en la que el camarero había llevado los cuatro huevos a la mesa y la encontraron vacía, porque mientras ellos discutían, los dos comensales de derechas se habían comido los cuatro huevos.

   Valga esta anécdota supuesta, en estos tiempos convulsos y en un año intenso en procesos electorales, como la constatación de un hecho atávico y repetido a través de la historia: el pragmatismo de lo que denominamos derecha, frente al idealismo y la utopía de lo que llamamos izquierda. La derecha busca un gato que cace ratones, y punto. La izquierda se enfrasca en una discusión, sobre si es preferible el gato blanco, el gato negro, o el gato leonado, y mientras tanto, los ratones siguen retozando.

La derecha se mueve por intereses, son más disciplinados y no les importa que los suyos roben o sean corruptos, porque “son sus corruptos” y saben que mañana les van a favorecer, y por eso en España el Partido Popular aglutina prácticamente todo el espectro de la derecha: Defienden intereses comunes y privativos, aunque su poderosa maquinaria mediática consigue que le apoyen también muchos ciudadanos que, sin pertenecer a esas élites privilegiadas, se dejan seducir por sus promesas de seguridad, estabilidad y progreso, mientras les saquean.

La izquierda en cambio, al menos en teoría, se mueve por principios éticos y pregona la libertad, la justicia y la solidaridad. ¿Y qué ocurre luego? ¿Por qué la izquierda, si representa teóricamente unos principios y metas compartidos por la mayoría de la población, no logra esa mayoría política que le represente? La respuesta posiblemente no es única, y concurren varias circunstancias que contribuyen a dibujar este panorama de predominio político de la derecha, sobre una izquierda dividida.

Todo esto tiene que ver con la formación y el nivel de crítica de los ciudadanos: cuanto menos cultura y sentido cívico tengan, más fácilmente serán manipulables por los que controlan el poder. Y tiene que ver, con la creación de esos grupos sectarios en los que, olvidándose del objetivo primordial que debe ser unir fuerzas para la transformación de la sociedad, emplean sus energías en luchas internas y cainitas, en las que el ego y el afán de poder o de ocupar un puesto, resulta en realidad lo prioritario para algunos.

Y tiene que ver también, con la falta de democracia interna, de participación, debate y de tolerancia, que son precisamente las señas de identidad de la izquierda.

Y tiene que ver además con los paracaidistas filibusteros: esos personajes que, sintiéndose de derechas, aterrizan sin embargo en un partido de izquierdas buscando esa oportunidad o ese cargo que la derecha les niega.

El resultado de todos estos líos de viejas familias y lucha interna por el poder, en los que alguien que no comparte unos principios pueda liderar un proyecto en el que no cree pero que le beneficia en particular, produce en la ciudadanía una percepción como de algo viejo, rancio, autodestructivo y decadente. Lo de ayer con Tomás Gómez en Madrid le hizo exclamar a un comedido y prudente Iñaki Gabilondo: “¿Qué persona inteligente querría meter la cabeza en la boca de ese lobo?”.

Son estas unas reflexiones muy simples y parciales que por supuesto merecerían ser ampliadas, matizadas y aplicadas a la realidad de nuestra querida Isla. Pero bueno, otro día continuamos, para no hacer muy extenso el escrito de hoy.

                                                        Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.">Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

                                                 Frontera de El Hierro, 12/02/2015

 

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