El Hierro Digital

Eugenio Fernández Murias

Eugenio Fernández Murias

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“Refranero político”

Publicado en El desván de los sueños

En los últimos tiempos, los políticos, favorecidos por un clima bonancible, han brotado pujantes, con raíces adherentes y profundas.
Los ciudadanos han comenzado a sufrir los efectos de sus mentiras y codicia desmedidas, sintiendo cercano su vigor maligno y viendo como han acaparado los mejores bancales, los más asoleados e irrigados; los más resguardados de los vientos. Los políticos se han convertido en una casta —palabra que a los que van de progres no les mola un pelo— con privilegios inentendibles y no sorprende que se aferren con garfios de acero para mantenerlos y perpetuarse de por vida en el estatus que han establecido. Muchos ciudadanos se sienten gravemente preocupados y los temen como una plaga que amenaza su supervivencia; pero desconocen los antídotos para controlarlos y mantenerlos a raya. Tan solo conocen y sufren las consecuencias de sus vituperables acciones (1).
(1) Demos por descontado que no queremos generalizar sobre los políticos, pues obviamente suponemos que, en su conjunto, son honrados y eficaces servidores públicos; van estas líneas referidas a los corruptos y desleales con los votantes.
Es imprescindible ocuparse de ellos y de las agrupaciones partidistas. Puesto que en el cuerpo político conviven bacterias necesarias y beneficiosas con otras nocivas y muy perniciosas, será preciso potenciar las condiciones de vida de las primeras y eliminar las otras. Entendiendo que es labor ineludible de aquellas el desenmascaramiento y delación de estas. Ahí empieza la lucha, lucha que no debe darse tregua hasta la total aniquilación de los elementos perturbadores y una vez erradicados, mantener la vigilancia ante posibles cepas.
Mientras se reflexiona seriamente en el problema les propongo, a modo de entretenimiento, revisar y, dado el caso, completar el riquísimo refranero español, ubicando a los políticos en el mismo, ya que por razones inexplicables no se ven reflejados en el saber popular; y esto puede considerarse una injustica o agravio respecto de otras ocupaciones, actividades y realidades sociales. Desconozco el motivo de semejante laguna, si es intencionada o producto de un lapsus; es posible que en nuestra historia social no abundaran tanto como en el presente, porque desmanes, intrigas y deslealtades los ha habido como también las habrá. Simplemente, por aquello de que la jodienda no tiene enmienda; dicho esto en sentido no carnal.
Echando un vistazo al refranero me he topado con algunas sentencias que, como ya queda referido, no vienen referidas a los políticos, pero revelan tanta claridad y transparencia que se me hace posible meterlos en la horma común de otros mortales.
He aquí, algunos; a vuela pluma.
1. Entre político y dinero, pared de piedra y mortero
2. A político que huye, puente de plata
3. Del político me espanto, del pillo no tanto
4. Los necios hacen la fiesta y los políticos la celebran
5. El votante propone, Dios dispone y el político descompone
6. Políticos y locos nunca fueron pocos
7. Abogado, político y doctor cuanto más lejos, mejor
8. No estreches la mano al político villano
9. Huye del mulo por detrás, del perro por delante y del político por todas partes
10. Judío para la mercancía y político para la hipocresía
11. Líbreme Dios del político manso que del bravo ya me libro yo
12. ¿Qué político oyendo toma, no se asoma?
13. Políticos y nueras en las afueras
14. Favor de político y temporal de febrero, poco duradero
15. Al político que no sea de ley, plántalo en lo del rey
16. A político traicionero no le vuelvas el trasero
17. Político prevaricador, una buena cuerda y cuélgalo al sol
18. ¡Ay, Jesús, que el rosario del alcalde no tiene cruz!
19. Si el alcalde corta pinos, ¿qué no harán los vecinos?
20. El político y la mujer, acertar y no escoger
21. En boca de político mentiroso, lo cierto se hace dudoso
22. Político mentirosos, dos veces odioso
23. Por encima de la ley ni el rey

Es tiempo —siempre es tiempo— de reflexionar sobre las personas, y más sobre aquellas que se dedican a la actividad política y, mutatis mutandis, enderezarlas adecuadamente. Hay que definir o redefinir su deontología y límites de manera que la transparencia y ejemplaridad se tornen cegadoras. La política es una actividad noble y necesaria; conviene educar al hombre desde la cuna, en la familia, en las aulas, en foros y asambleas ad hoc, de manera que cuando el ciudadano se integre en la vida adulta, con sus derechos y deberes plenos, las desviaciones constituyan una anécdota, la excepción que confirma una regla de honradez, civismo e intachable comportamiento.
Mas para educar hay que estar educado. Nadie puede sembrar y transmitir valores, cualidades y virtudes si no las ha cosechado con anterioridad, si no sabe de su existencia. Pero en algún punto habrá que empezar. Y sin duda, deberá ser en la elección de los pedagogos. ¿Y quién educa al educador? ¿Quién define y establece los valores que se desean alcanzar y legar a las generaciones venideras? Sin duda, ponderar en su justo medida el valor de las riquezas es un asunto a tratar y no de los menos importantes. Reflexionar sobre el triunfo y la fama de los mediocres es algo que tampoco se debe soslayar, así como el enfoque y la labor formativa —no solo divulgadora y de entretenimiento— de los medios de comunicación. Es un signo de identidad diferenciador —y muy revelador— la manera en que una sociedad se divierte, asume su tiempo de ocio.
Es vital, igualmente, que la generalidad de los humanos cerebrados se involucren en los problemas sociales, asumiendo su cuota de responsabilidad, no mirar para otro lado, dejando que unos pocos resuelvan los problemas colectivos. Decía Anatole France que " la oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia." La educación y la curiosidad intelectual harán que nos demos cabezazos; pero de ellos, de sus hematomas dolorosos, se desprenderán las escamas inservibles y emergerá la piel renovada, más apta para afrontar las cambiantes formas de organizar nuestra vida planetaria.
Aunque el yin y el yan —lo bueno y lo menos bueno de nuestra especie— se han batido en las cavernas, en los adarves y en los salones áureos sin tregua y sin resultados definitivos, todavía ignoramos el desenlace final. Ambas fuerzas siguen enfrentadas, sabedoras del equilibrio de sus efectivos. Un descuido en los esfuerzos puede acarrear un resultado catastrófico.
¿Podremos inclinar la báscula con nuestras voluntades o estaremos abocados a desintegrarnos en el filo de una lucha sin fin? Los avances técnicos también han propiciado un refinamiento de las artes de la perfidia y el engaño; la sutileza es de tal calibre que podríamos estar esclavizados sin ser conscientes.
Para concluir, me pregunto, emulando la sentencia de los Proverbios bíblicos: ¿"El político honrado, donde se hallará?" Sin duda, su estima también sobrepasaría a la de las piedras preciosas.

“Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible;

los políticos, por hacer lo posible imposible.”

Bertrand Russell (1872-1970)

Es asombrosa, cuando menos, — después de los acontecimientos por todos ya conocidos— la forma en que el ayuntamiento de Valverde ha designado al nuevo alcalde y remodelado la corporación.

Echémosle un vistazo.

En la lista electoral que el Partido Popular presentó a los ciudadanos para las elecciones de 2 011, figuraban en los siete primeros lugares los siguientes candidatos:

1.        Agustín, Padrón Benítez

2.        Francisca Nicanora Casañas Castañeda

3.        Juan Manuel García Casañas

4.        Ohiana Reyes González

5.        Marcelo Padrón Morales

6.        Gualberto Morales Armas

7.         Yameli Padrón Armas

¿Por qué las listan van ordenadas? ¿Es por capricho? ¿Por estética?  En modo alguno. En las elecciones señaladas, el P.P. obtuvo cinco concejales; es decir, obtuvieron credencial los cinco primeros, por ese orden, precisamente; ni más, ni menos. Cuando los electores analizan las listas que los partidos les presentan están valorando las personas que la conforman; aunque, generalmente, no se repara en los nombres que  figuran en los lugares posteriores, siendo suficiente para muchos, el primero, el cabeza de la lista, que es de quien se espera que aglutine la candidatura y consiga los votos deseados. En consecuencia, no se suele votar a la plancha o equipo, sino a quien la lidera; al menos, en bastantes lugares.

 Pero, ¿qué ocurre si el primero dimite, por la causa que sea? En esa circunstancia será la persona que aparece en segundo lugar quien ocupe su puesto, desplazándose —lo que se entiende como correr la lista—  hasta el siguiente lugar —el sexto en este caso —, otorgándole la concejalía vacante.

En la situación que nos ocupa, la señora Casañas Castañeda, debería haber dimitido del cargo que ostentaba —Teniente de Alcalde— y, aceptando su “suerte”,  ser la nueva alcaldesa de Valverde, dirigiendo la corporación siempre que hubiera tenido el apoyo de alguno de los otros partidos o en su caso, en solitario. ¿Qué ocurrió para que no lo hiciera? ¿Sintió pánico repentino? ¿La diezmó el peso de la púrpura? ¿Se vio obligada a agachar la cabeza? No es de recibo, ni se es leal con los votantes, manipular la lista que en su día se presentó a los ciudadanos. El P.P., sus órganos directivos, nada tienen que decidir en este caso, pues bien claro lo tuvieron cuando elaboraron la que presentaron a los votantes. De hecho, suelen darse momentos tensos, cargados de agravios y suspicacias, a la hora de escalafonar la lista, pues cada cual busca encaramarse a los puestos de cabeza. Si ahora no les parece idónea para el cargo la señora Casañas, se tienen que aguantar y refrenar los ímpetus. De lo contrario, prevarican y engañan a los votantes. Los menús que se elaboraron en su momento, no ha lugar para variarlos, aunque surjan otros criterios o intereses, más o menos lógicos, que inviten a modificarlos.

En el caso de que la señora Casañas Castañeda, por las razones que sean, decline el cargo de alcaldesa debe, en lenguaje paladino, dimitir. Así de sencillo. Pero nunca debe el tercero saltar por encima, valga la expresión y, menos aún, permaneciendo la aludida como Teniente de Alcalde y subordinada a alguien que le iba a la zaga en la lista. ¿Por qué, en su día, no rechazó Agustín Padrón la alcaldía en beneficio de Casañas Castañeda? ¿Se hubiera entendido? ¿Hubiera sido correcto ver a Padrón Benítez de Teniente de Alcalde?

Lo hecho constituye una tomadura de pelo y una manifiesta deslealtad. Deslealtad que alcanza a todos los implicados. Es decir, a la señora Casañas Castañeda, por  no respetar el puesto por el que se presentó, amoldarse al directorio del partido, defraudando a los ciudadanos que la votaron; al señor García Casañas, por aceptar la alcaldía, de forma anómala, cuando en puridad le correspondería asumir el cargo de 2º Teniente de Alcalde; al P.P., por exigir o ser connivente con esa componenda; y al partido socialista por apoyarla; —si CC-AHI, no se opuso o se abstuvo, también es cómplice—. Y, finalmente, a doña Yameli Padrón, por ver truncado su derecho a formar parte de la corporación, cuando claramente le corresponde, sin olvidarnos de Marcelo Padrón que podría haber ocupado a una Tenencia de Alcaldía. Aunque, por esta regla de tres, en vez de reclamar la presencia de Yameli Padrón, podrían haber llamado para el puesto de concejal vacante al segundo suplente, por ejemplo. Visto lo visto…

Resumiendo. A mi entender, y para que no queden dudas, si la señora Casañas no acepta el cargo de alcaldesa debería haber dimitido; en ese lugar, la legitimidad amparaba al tercero en la lista, el señor García Casañas, quien con los apoyos necesarios, sería el nuevo alcalde. Y Yameli Padrón Armas, pasaría a ser el edil número cinco por su partido, tras Gualberto Morales. Y si alguno de los interesados no está conforme con los hechos, pero los ha aceptado, se le puede adjudicarse el refrán que dice: “El que está y no está por su gusto, que se joda es justo”.

Cualquier otra opción, es faltar a la responsabilidad ante los ciudadanos. Este hecho da pie para futuros apaños. Y sepa usted, ciudadano responsable, que si vota al que encabeza la lista para alcalde, puede ocurrir que no llegue a verle en el sillón, aunque gane; puede que le vea como concejal raso; y al que va en cuarto lugar, por ejemplo,  se haga con el bastón de mando.

El tiempo lo dirá.

Para concluir, me llama también la atención la disponibilidad para el servicio público, en este caso de los integrantes de la lista de CC-AHI, quienes en una espantada inexplicable y a todo gas, como si el barco hiciera aguas, han tenido que reclamar a la persona que en las listas electorales ¡iba en el puesto noveno! para ocupar la vacante dejada por el cabeza de lista dimitido. ¡Fíjense ustedes! —Aunque, por lo observado, podían haber llamado, en su lugar, verbigracia, al tercer suplente. Ese es el afán de servicio de algunos; para eso se presentan. ¿Dónde están cuando se les reclama? ¿A qué teta han ido a mamar? ¿Para qué se presentaron? ¿Dónde moran Cándido Padrón -ocupa el segundo lugar en la lista-, Sandra Marina Zamora -el número cuatro- Rosa Magaly Castañeda -el seis- y Adolfo Quintero -el siete- cuando su responsabilidad les reclamó para desempeñar función a la que se presentaron? ¿Qué se lo impidió? ¿Acaso están en la cola del paro, subsistiendo a duras penas, mientras realizan cursos de formación a dedicación completa?

Los partidos en el poder no tienen patente de corso para hacer y deshacer a su antojo; son depositarios de la confianza del pueblo y no se les legitima para interpretar la voluntad popular, sino para respetar y ejecutar aquello para lo cual fueron autorizados por el pueblo soberano. De lo contrario, de soberano, nada: ¡Esclavito y bien esclavito!

Escribía el dramaturgo Jardiel Poncela que los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa. Mala es la corrupción, pero mucho peor habituarse a ella, callando como páparos y ocultando la cabeza como estrucios, para no oír los chirridos de las cadenas sobre los adoquines.

¡Que nadie, después, se soliviante!

El alcalde caído

Publicado en El desván de los sueños

Una mañana, durante la campaña electoral para las elecciones municipales de 2007, estaba con un viejo conocido en un bar de la capital herreña y recuerdo que le pregunté: "¿Por quién vas a votar?". "¡Por Agustín!", me respondió, al instante, abriendo unos ojos asombrados de extrañeza "¿Y eso?". "Porque donde quiera que te ve, te saluda". Esa fue su razón.
Haber sido alcalde durante más de 20 años, en democracia, es un logro del que pocos pueden alardear. ¿Pero cómo es que un político como Agustín Padrón Benítez lo pudo conseguir?
Cada pueblo tiene los políticos —alcalde, en este caso— que se merece, de eso, no cabe duda. No sirve decir, cuando las cosas pintan mal, yo no le voté; la mayoría, gana. El alcalde es el reflejo de los votantes, de su estilo y objetivos de vida. Aunque, algunas veces, se puede dar la circunstancia de que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey; aunque solo sea por cuestión de clase.
El señor Padrón Benítez ha sido un político de calculada ambigüedad, escasamente dotado para la oratoria y que siempre supo guarecerse bajo el paraguas que le abrió Tomás Padrón, a quién, sagazmente, dejó liderar la isla. Conocedor de su gente, de sus votantes, se valió de una gran habilidad que le llevó a permanecer en el cargo desde 1991 hasta 2013. Careció de simpatía y acierto para las relaciones públicas masivas; lo suyo, quizá consecuencia de la timidez e inseguridad que traslucía, era el regate corto, la charla tú a tú; sin luces ni taquígrafos. Ahí es donde recuperaba terreno y se afianzaba.
Durante esas décadas tuvo tiempo para presentar muchos proyectos y ejecutarlos bien. Muchos critican, en este sentido, la escasa labor realizada y dejar de lado, o no implicarse más, en el desarrollo de la Villa; en todos los ámbitos. Aducen que el ayuntamiento podía haber hecho más, que tenía recursos que no ha invertido, cuando quedan muchas cosas por hacer. En cualquier caso, no se debe olvidar que el municipio de Valverde está demasiado fragmentado y son muchos los asentamientos a atender; tampoco se puede ignorar, y más en tiempos económicos adversos, que sus cuentas se hallan saneadas.
Ese trato familiar y campechano que, posiblemente, no sea mérito adquirido sino condición natural, ese "saludo donde quiera que te veía", satisfacía a muchos de sus vecinos, quienes pasaban por alto o ignoraban sus limitaciones para desempeñar el cargo y no les preocupaba su pachona flema; flema que terminó contagiando a los vecinos.
Unos días antes de las votaciones del año referido, me encontraba en una vivienda de la misma localidad cuando llamaron a la puerta unos candidatos a la corporación local, por un partido distinto al del señor Padrón Benítez. Durante unos minutos departieron amigablemente, pidiendo el voto y dejando unos folletos de su ideario político y programa electoral. Cuando se iban, el dueño de la casa, un hombre ya vivido, les advirtió: "A Agustín no lo tumban fácilmente; de ahí no lo echan".
Y así fue, en verdad. En 1 987, el PP obtuvo dos concejales (16% de votos); en 1991, cuando el candidato era ya Agustín Padrón, subió a 3 concejales (24% de votos); y a partir de las siguientes elecciones alcanzó y se mantuvo en 5 concejales (44% de votos). Y se puede afirmar que esos votos obtenidos eran debidos a su persona, a que encabezaba la lista; y no, al partido. Este político popular nunca obtuvo mayoría absoluta para regir el ayuntamiento, pero supo jugar sus cartas con destreza, solapadamente, y ser el alcalde del municipio con mandato más largo. Nadie le hizo sombra. Y la gente se acostumbró.
¿Qué hubiera ocurrido si los hechos delictivos originados en 1998 y que motivaron la sentencia de inhabilitación —y otras, del TSJ de Canarias— se hubieran denunciado en su momento? (1). Pues, posiblemente, que Agustín Padrón no habría permanecido tanto tiempo en el cargo. ¿Por qué no se hizo? ¿Por qué se esperó hasta diciembre de 2 006?
(1) Contra esta sentencia cabe interponer recurso de casación ante el Tribunal Supremo; por ello mantenemos la debida cautela, en caso de que así se haya hecho, a la espera de lo que resuelva el alto tribunal. Si el citado recurso fuera favorable al señor Padrón, no se me escapa que el detrimento a su persona sería considerable.
Los ciudadanos y vecinos pueden asistir a las sesiones plenarias del ayuntamiento; pero no tomar parte en las diferentes comisiones —informativas, de gobierno...— que se formen. Y son estas comisiones —principalmente, la de gobierno— las que preparan el menú, los ingredientes y cantidades de lo que se va a cocinar; el pleno es solo una puesta en escena, una función con más o menos espectadores. Pues bien, si en Marzo de 1 999 el PSOE, partido en la oposición y con un concejal en la comisión informativa creada ad hoc, tuvo conocimiento de las irregularidades que se iban a cometer, ¿por qué no se opuso? ¿Por qué emitió un voto de abstención? ¿Tenía sentido? Pudiera ser que pidiera y obtuviera una copia de los acuerdos de dicha reunión. ¿Por qué no denunciaron esos hechos en ese momento, tras consultarlo con la dirección de su partido? ¿Por qué, según parece, facilitaron información a un vecino y le alentaron para que presentara la denuncia, años más tarde?
Así las cosas, llama la atención —y mueve a la reflexión— que un ciudadano tenga la valentía de presentar delaciones de este calibre; sobre todo, en un lugar pequeño, donde todos se conocen y cuyas consecuencias le pueden acarrear adversidades. Merece consideración, cuando menos; que cada cual se mire con calma, y se responda si hubiera tenido los arrestos necesarios para presentarla. Pero de una actuación así, aun desconociendo los verdaderos motivos que le llevaron a formular la denuncia, se benefician todos los demócratas; con acciones así, con el resplandor de su llama purificadora, se alumbran los rincones más sórdidos que afean las actuaciones políticas.
Del mismo modo, merecen ser puesto en entredicho el concejal o concejales de la oposición municipal, incluso la dirección insular del partido, quienes teniendo conocimiento de los hechos delictivos que se perpetraban —a priori, o con posterioridad—, por las circunstancias que fuesen, se abstuvieron de denunciarlos. Esa irresponsabilidad afectaba claramente en los intereses de los vecinos y es un indicio de negligencia o desidia, cuando menos.
Se dice que la justicia es lenta; es preferible, desde luego, una justicia lenta, pero firme y constante, a otra inexistente. Cuando se enjuician personas, las prisas no son buenas, máxime para esclarecer unos hechos enrevesados; teniendo en cuenta la aljaba de mentiras, trabas y subterfugios que acostumbran a esgrimir los encausados para eludir los cargos y proclamar su inocencia.
En aquella charla en el bar de la Villa, estaba otro vecino; al escuchar la conversación se acercó y afirmó que votaría, en este caso para otra corporación, por la misma persona que volvía a presentarse para el mismo cargo. "¿Por qué?, ¿es que te convence su actuación?", le pregunté, igual de curioso. "Prefiero a ese porque ya sé cómo roba", repuso con la mayor naturalidad.
La democracia se refuerza y sanea impidiendo que se cometan hechos delictivos, denunciándolos y condenándolos, en su caso. Si se quiere acabar con la corrupción será preciso hacerlo, y hacerlo con paso firme. Y no poner contra las cuerdas a alguien que se atreve a hacerlo; censurando su actuación y utilizándolo como chivo expiatorio. De lo contrario, todos seremos cómplices y responsables; y una sociedad corrupta engendra políticos corruptos.
Sería de desear que de estos hechos sentenciados —sean, o no, anulados— no se derivaran posturas enemistadas ni miradas de sesgado filo. Se constatarían así la madurez y sensatez propias de personas equilibradas.
¿Seremos capaces de hacerlo? ¿O, la podona del rencor y la animadversión silbarán en nuestras calles?
Y, finalmente, no estaría demás reconocer la dedicación al municipio del hasta hace poco alcalde; y aunque las sombras se hayan vuelto más negras, seguro que no ocultarán los jalones de aciertos y esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de sus vecinos.
¡Errare humanum est!

“Televisión Canaria”

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Algunas semanas atrás, la Televisión Española en Canarias difundió el malestar de los gestores y personal técnico responsables de los parques nacionales de Canarias. Estos parques, desde hace algunos años fueron transferidos a nuestra comunidad y desde entonces, en palabras de sus responsables, están en peor estado que antes; es decir, el gobierno autonómico no se ocupa debidamente de ellos y no les dota de los recursos económicos necesarios; y pedían la devolución de la gestión, de nuevo, al estado. Y como afirmaban los gestores, los políticos de Coalición Canaria, que se desviven y movilizan a la población para impedir la realización de prospecciones petrolíferas —catas en el lecho marino— a unos 60 kilómetros de las costas de Lanzarote y Fuerteventura, por parecerles perjudicial para los intereses turísticos y medioambientales del archipiélago, nada hacen por conservar lo que ya tienen: los parques. En la Televisión Canaria no se difundió esta noticia; al menos, yo no la escuché.
Algunos días atrás, la Televisión Canaria informó de que el alcalde de Valverde y diputado autonómico Agustín Padrón Benítez, del Partido Popular, había sido condenado por un delito de prevaricación administrativa y otro de malversación en concurso medial, según sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Canarias (Sala de lo Penal); y, como es de rigor, acompañó la noticia con imágenes del político herreño, de su toma de posesión como alcalde.
Pero la noticia no era completa; la cadena canaria obvió informar —la Televisión Española en Canarias, sí lo hizo— de que el Teniente de Alcalde, José Miguel León Quintero, de Coalición Canaria - A.H.I., también había sido condenado por los mismos delitos, ya que durante el tiempo de los hechos juzgados (1 999), ambos gobernaban el ayuntamiento de Valverde, en pacto.
Algunos pensaran que, ambos casos reseñados, fueron simples lapsus; pero a los más "sensibles", lo más "quemados" por los manejos de los políticos, supimos que había gato encerrado. Y el gato no era otro que esa televisión canaria —televisión de Coalición Canaria, más bien—, lacaya del gobierno, solo pregona y difunde las noticias que benefician los intereses de ese partido y menoscaban a sus rivales políticos y esconde —en el mejor de los casos, descafeína— las que le perjudican. Los reporteros de Coalición Canaria son unos pregoneros infatigables y serviles, cornamusa en boca, que va voceando las andanzas del presidente del gobierno, sus "logros", de lo que batalla y se interesa por solucionar los problemas de los canarios; de lo mal que le tratan en Madrid, de las medidas restrictivas que tiene que adoptar por los recortes del gobierno central... Pero, bajo ningún concepto, difunde sus carencias, errores, negligencias y abusos. ¡Solo faltaba! Cuenten las veces que aparece el señor Rivero durante los "informativos" y se quedarán pasmados.
La canaria, como tele pública, la pagamos todos; por esa razón, su información y contenidos deben ser objetivos y veraces, negándose a difundir medias verdades y abarcar todos los ámbitos de interés, perjudiquen o beneficien a Coalición Canaria. Esta televisión, con su contenido sesgado y censurado, alimenta el caciquismo encostrado, principalmente, en las islas occidentales; Tenerife, a la cabeza.
Esa manera de informar, manipulando a los ciudadanos es propio de una secta que trata de adoctrinar a sus prosélitos, dándoles la dosis de información calculada y procurando que no reciban tratamiento o alimento por otros medios que los que ellos controlan. Y es necesario, amable lector, contrastar la información; a menos que nuestro horizonte de vida no sienta más inquietud que la de atracarse con lo que regurgitan los que tratan de liderar, in fine, la manada; sin importar si el alimento está putrefacto o falto de nutrientes.
Aplicando el método inductivo a estos hechos puntuales, podemos generalizar lo que los muñidores de la información nos ocultan, tergiversan y manipulan de aquellos otros de mayor calado y trascendencia para los ciudadanos.
Todos tenemos derecho a sobrevivir, no solo los que se alzan con sus engaños y artimañas en machos alfa.

“La anciana de la muleta gris”

Publicado en El desván de los sueños

Centenares de coches resollaban en la alameda, a la entrada de la ciudad. Los gases contaminantes libraban una batalla letal y rompían las débiles líneas del aire saturado, consolidándose con firmeza. La desesperación y angustia de los conductores alcanzaba tal magnitud que parecían lobos atrapados en un cepo. A través de las ventanillas abiertas se escapan los aullidos desgarrando la bóveda gris y sórdida, sin tino. De nada servía: el atasco y el caos parecían un problema muy complejo; como cada vez que se llegaba la Navidad. Así, lo entendieron los dos agentes locales que lo presenciaban desde un parque cercano; con suma discreción, se escabulleron y desparecieron sin dejar rastro.
El taxista había detenido el vehículo para que la pasajera, una mujer anciana, indolente y esclava de una muleta gris, se bajara. Como si ella sola habitara el mundo, empleó más de tres minutos en contar las monedas para abonar el importe de la carrera; cerca de uno, en sacar al exterior una pierna lechosa, surcada por decenas de venitas azules; otro más, en apoyar ambas en un bordillo sucio de excrementos. Minuto y medio se pasó tratando de liberar la muleta que se le atascaba en el vano de la portezuela, y algo más de dos, en recoger sus pertenencias —que consistían en un bolso enorme, aunque flácido, y un envoltorio deslavazado del que colgaba una cuerdecita deshilachada—. Cerrar la puerta ya le fue imposible; le faltaban las fuerzas y, tras varios intentos, fue incapaz de encastrarla. Fue entonces cuando el taxista, un hombrecillo con bigotito de dictador, decidió salir del coche. No para auxiliar a la mujer, sino para que la puerta encajara y darse a la fuga antes de que alguien le partiera la crisma y le afeara el bigote.
Los autos reanudaron la marcha y pasaban como centellas resoplando gases malolientes. Las gargantas de los conductores, al rojo vivo, se asemejaban a recámaras de cañones vomitando un fuego devastador de improperios y denuestos, que caían sobre la indefensa mujer; sin conmiseración.
En medio del caos asesino, pidió auxilio.
— ¡Estoy cansada de la vida!
Gimió con una voz rasgada, casi agónica, y trastrabillando hacia mí.
La miré; pero apenas divisé sus ojos: lejanos, diminutos; como perdidos en un pozo de tristeza indescriptible. Me aparté del poste y ella se aferró a él. Sin fuerzas, sin ganas; por simple reflejo. La mujer era un monumento a la desintegración; yo veía, con ojo aséptico, cómo se desprendían sus células —igual que levaduras liofilizadas— y resbalaban por el poste del semáforo. Supe que me necesitaba.
—Has tenido suerte —reconocí, con cierto ánimo.
—Nunca he tenido suerte.
—Hoy es tu día —añadí con acento libertador, tratando de amainar su angustia. Me miró y vi sus pupilas abrirse como una flor al postrer rayo del crepúsculo. Sentí que se me entregaba.
La senté sobre el césped, bajo la sombra de un árbol donde saltaban unos perros. Se tumbó boca arriba, aferrada a sus pertenencias. Las nubes de la tarde pasaban por sus ojos sin detenerse. Los volví a mirar y vi que clamaban urgente redención. Sus labios moribundos, punteados de pellejitos resecos, musitaban una oda al amor fraterno. Me apresuré.
— ¿Ahora, o prefieres la noche?
Esperaba que me respondiera: "¿A qué esperar más?" Pero no dijo nada. Se cubrió las rodillas con el vestido y cerró los párpados. Sus cabellos blancos descansaban en la hierba y su pecho se alzaba en un ritmo pausado, apenas perceptible. Tenía entre las piernas entreabiertas uno de los zapatos. La dejé sola en el umbral de la nada; pero no me fui, la velé sin palabras.
Había personas que odiaban el espectáculo y preferían una salida silenciosa y discreta del escenario. Otras, en cambio, disfrutaban montando una aparatosa coreografía. En cualquier caso, era algo sin valor para mí. Lo realmente importante era la liberación. También me era indiferente el papel que había representado y las consecuencias.
Algo después, percibí el olor de sus ropas; también, su aliento. Noté que fumaba; le ofrecí un cigarrillo; el último. Fumamos en silencio. El humo salía de su boca sin fuerza, como de una chimenea que agoniza.
—Y dicen que el tabaco mata...
Tosió; después, dio otra calada; pausada y laboriosa.
—A mi, lo que me ha matado son mis hijos.
Tosió de nuevo y entrelazamos las miradas.
— ¡Qué ingratos!
Silabeó, con un deje de ronca amargura y volvió a toser, dolorosamente, con suaves convulsiones.
—Me arrepiento de haberlos parido.
Le quite el cigarrillo de los labios. Temblaban.
No dije nada. Siempre fue cruel llegar a la vejez. Encerrada en una residencia, sus hijos se olvidaron de ella; la echaron de sus vidas. Aquella mañana se había fugado. Dispuesta a todo.
Con los dedos húmedos acariciaba la cajita con las cápsulas. Siempre la llevaba encima; siempre podía haber alguien que las necesitara.
— ¿Me va a doler? No quiero sufrir más.
"Solo duele la vida", iba a decirle. Pero no lo hice; su latido menguaba como el eco de un trueno lejano.
— Nunca quise morirme fuera de mi cama, en mi casa. ¿Y ya ve, usted?
"Qué importa donde uno se muere, las consecuencias son lo importante", quise decirle.
Pero mis palabras ya no le hicieron falta; tampoco el remedio que guardaba. Había ladeado la cabeza, lo suficiente para apoyar la mejilla en su muleta gris. El bolso quedó sobre el vientre. Uno de los perros se llevó el envoltorio con la cuerda deshilachada zigzagueando sobre la hierba.
Cuando cerré sus ojos se perdieron las nubes que pasaban, sin detenerse; como exploradores en retirada.
Luego, se la llevaron; pero su muleta gris se quedó sobre la hierba, debajo del árbol donde aún saltaban los perros.

Dirección: Aurora Murciano. © El Hierro Digital | Todos los Derechos Reservados

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