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Opinión -
El desván de los Sueños
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| En algún momento, Pepe Blanco, Ministro de Fomento, ha sido observado desde esta grada de los acontecimientos, con curiosidad y algo de prevención, principalmente, por su firme y mordaz afán de erigirse en triturador del Partido Popular y de su líder actual. Y el caso es que entre la agitación y los ondulantes gallardetes su armadura todavía se mantiene firme en el palenque y, aunque sus oponentes han medrado, no ceja en su empeño de acometer o defenderse cada vez que la ocasión le viene al pelo y ve sus predios amenazados.
Es su rival un enigmático justador;
del Tránsito Aéreo, le llaman Controlador.
Hervores de luna en los ollares del corcel,
arengas de viento en el filo de su broquel.
Los controladores aéreos —por lo que se nos dice— son unos trabajadores muy cualificados, privilegiados —en cuanto a salarios— y supongo que también envidiados por más de uno. Suponen, aproximadamente, un 0,005% de la actual población española. Al parecer, constituyen un gremio súper valorado y muy consentido —así lo percibe el saber popular—, al que las sucesivas autoridades no se han atrevido a poner en su sitio, por temor a que una huelga deje al país paralizado; ello, ha desembocado en unas retribuciones cuya cuantía se escapa al razonamiento más básico y deja en el ridículo más espantoso a otros profesionales de igual o superior titulación y méritos. Que un puñadito de trabajadores —por muy cualificados que estén, por difícil que sea acceder a una plaza, por muchas horas de brega laboral, por alta que sea su responsabilidad, por elevado estrés que soporten…— ponga en jaque a un gobierno y juegue con millones de ciudadanos es incomprensible, y por ello algo en lo que se debería reflexionar.
Ningún país debe de estar en manos de cuatro individuos y de sus reivindicaciones laborales. Parece de cajón. ¿Cómo es posible que tan pocas personas tengan la sartén por el mango y puedan empanar, freír y achicharrar, si se sienten oprimidos, a los ciudadanos y al gobierno de turno? La solución de emplear a controladores militares para esos oficios —como ha trascendido recientemente—, cuando las demandas de los civiles sean inviables, abusivas e intolerables, es de puro sentido común, pues beneficia a la inmensa mayoría y no perjudica a nadie. Y, por supuesto, no trunca la libertad de acción del gobernante.
Este ministro, aunque de baja estampa, maneja bien sus armas y les ha plantado cara. Y parece un ejercicio coherente, necesario y que no admite más demora el ponerlos en su sitio, que aprendan o recapaciten en aquello de que en cualquier actividad nadie es imprescindible; por vital que sea su puesto. Si su trabajo es tan importante y de tanta responsabilidad, también debe ser importante su solidaridad ciudadana. ¿No es suficiente un salario —perdonen si les ofendo— de 4 000 o 5 000 euros mensuales? ¿Les parece poco? Que cambien la normativa y ofrezcan esas cantidades, y sus condiciones laborales, a los que quieran opositar a esos puestos, a los que estén sin trabajo o se hayan quedado sin plaza. ¿Les parece que habría suficiente demanda? ¿Se conformarían con los salarios indicados? Si los actuales controladores realizan tantas horas extraordinarias, que se aumente la plantilla, se reduzcan las retribuciones y haya más personas trabajando. Y en última instancia, como aviesa sugerencia del avanzado estío, que los hagan funcionarios y pasen a percibir 2 000 euros mensuales. ¿Les parecería mejor esa solución? ¿Dónde anida su espíritu de sacrificio en aras de la colectividad?
Hay otras muchas profesiones que tienen una gran responsabilidad, por los medios que manejan, por las vidas a su cargo, por la alta cualificación, por las consecuencias derivadas de negligencias o errores…Quizá mayor que la suya; aunque valorar y jerarquizar estas cuestiones es bastante relativo y arriesgado, además de subjetivo.
La lengua del señor ministro, larga cual sombra de secuoya en el crepúsculo, no se detiene y anuncia que va a suprimir algunos puestos de controlador e implantar el AFIS. El sistema de información de tránsito aéreo —Aerodrome Flight Information System (AFIS) — que se quiere establecer en algunos aeropuertos españoles, con escasas operaciones diarias, constituye una información segura y eficaz para la realización de un vuelo, incluyendo información meteorológica, del aeropuerto y de los posibles riesgos para el vuelo.
Los que esto rechazan, porque afecta a su puesto laboral, están en su derecho de obstaculizarlo y es lógico que traten de salvar la situación; a nadie le gusta que le trasladen forzoso a otro lugar, cuando tu vida y tus realizaciones están en otro sitio. Pero quien vela por el interés general no debe detenerse ante demandas así, máxime cuando su deontología profesional no les ruboriza ni les coarta para entorpecer a miles de personas con sus reivindicaciones; y manteniendo, además, su privilegiado puesto de trabajo.
Hay otros quienes —liderando causas perdidas, ladran como esos perrillos, más por miedo a que los pisen que por naturaleza brava, y cuando el peligro pasa se estiran bajo las piernas protectoras— anuncian que van a llegar con sus protestas hasta Europa si se implanta ese sistema en sus dominios. Arguyen que el sistema AFI no es seguro y que no están dispuestos a ser conejillos de indias y que con ellos se realicen experimentos. Si eso fuera cierto, ¿en qué testa cabe que alguien lo quisiera poner en vigor y abocar al peligro o a la muerte a miles de pasajeros? A menos que se sea un asesino paranoico, suelto y con poder ilimitado… (*)
En un mundo solidario y justo — ¿o, eso es demagogia?— los sueldos que perciben los controladores —si no se ajusta a la verdad lo que se ha publicado que salga alguno y muestre su nómina— repugnan y provocan violentos espasmos, que amenazan con ingresos masivos en UCI,s. A menos que la solidaridad y la justicia social sean una entelequia y quede para llenarnos la boca dando unas sobras para los países del tercer mundo, se debería reconducir la situación y, sin merma de sus derechos laborales, ajustar sus demandas salariales de una manera más equitativa y razonable.
El prójimo está cerquita, nadie tiene que irse lejos. Y siempre será mejor que cien personas vivan dignamente, a que lo hagan una, dos o tres y los otros no alcancen para llenarse la barriga.
¡Vamos, Pepiño! ¡A pulir las espadas!
¡A bruñir las armaduras! ¡Vamos!
Los clarines suenan altos,
se arrebatan las campanas;
que libelos vuelan al viento,
que aviones duermen en los hangares
y pasajeros velan airados…
En atalayas lejanas,
llama y cenizas;
en soleados torreones,
cristales de nuevo brillo.
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*Espero y deseo que no haya eclosionado ninguno en las pasadas horas; si es así, declaren el estado de Excepción y llévenme a otro Planeta; desnudo y sin recuerdos.
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El desván de los Sueños
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| Recientemente, en Sudáfrica, en las áridas y sufridas tierras de los diamantes y la lucha racial, la Selección Española de fútbol se ha erigido en campeona del mundo. Y el delirio colectivo de incontables aficionados, hinchas y contagiados por el triunfo se ha desparramado como los oscilantes redaños de un millar de luchadores de sumo cuando se desligan sus fajas sustentadoras. Y muchos de esos entusiastas seguidores se han quebrado las cuerdas vocales pregonado el orgullo de ser español. Y hasta una mujer hubo que, henchida de amor patrio, afirmó que ahora ya nadie debería sentir vergüenza por lucir ostensiblemente la bandera de España en gorras, camisetas, pulseras…; incluso, tatuada en su rosada piel. Queriendo significar que antes de ese trabajado y meritorio triunfo de la selección, sí la debía sentir; y muy honda, a tenor de las mejillas encendidas en grana y fuego, cual carúncula de gallinácea, con la que tiñó el excitado plató televisivo, al liberarse de tamaña carga.
Pero, ¿qué es España?
A esta pregunta no es fácil dar una respuesta. O, sí, vaya usted a saber. Porque, para algunos (no me pregunten el número), las cuestiones trascendentales deben eludir la retórica y definirse con tres o cuatro palabras; o, sencillamente, con un mohín o gesto que no admite vacilación.
Para otros (quizá los mismos del párrafo anterior), que viven en las áreas periféricas —sustancialmente, en las llamadas regiones históricas (y aun otras) —, España se podría definir como un extraño puzle montado a la luz de las velas, bajo la espada de Damocles y con los cañones cerrando la salida.
Las fichas, así dispuestas, no se ajustan ni ensamblan debidamente unas con otras. Y al menor movimiento —ya sea volitivo o imprevisto— pueden desmoronarse. A la luz de nuestra compleja historia parece una paradoja que esta antigua nación —conocida como España— autora de hechos memorables, no esté cabalmente definida, asumida, comprendida y querida por todos. Y ello puede ser debido a que ha sido ensamblada por decreto y mando; sin oír las voces de los que disentían, de las fichas que no encajaban. Y si se oyeron, no se escucharon; y si se escucharon, se ignoraron; y al ignorarse, la ficha no encastró correctamente, sino a golpe de pólvora y culata; de espuela y acero. Y algo realizado a la fuerza, tarde o temprano se quiebra. Las coyundas no son sólidas y los recelos salen como salen las ranas toro del barro, tras las lluvias, después de la sequía.
La historia es la que es; claro que podría haber sido de otra manera; de mil maneras distintas. Si el afán centralista y limitador de derechos, lenguas y costumbres de Felipe V hubiera sido vencido en la contienda de la llamada Guerra de Sucesión y hubiera alcanzado el trono los partidarios del Archiduque Carlos, con visión más autonomista y respetuosa de las singularidades, la situación actual podría ser distinta. ¿Y qué decir de los que siguieron, y aún las siguen, férreamente las ideas centralistas?
Los asentamientos humanos que se consideran nación —pues gozan de idioma, cultura y singularidades propias— no deberían ser obligados a encajar en otra realidad, ajena a su sentir. Los pueblos deben ser libres, pues libres deben ser las personas que los forman, para orientar su destino y alcanzar las metas que se propongan; y esto es sencillo; al menos, en la teoría. Si alguien —y disculpen la comparación los blandos de piel— ha sido metido en el redil a la fuerza, su pensamiento siempre luchará por buscar la salida. Por tanto, a los pueblos o comunidades que no se encuentran a gusto, porque han sido forzados, debería dárseles la oportunidad de regresar a la situación querida y mancillada.
Así teorizado, se puede sostener que, en lo que se llama España, se queden los que quieran y que se vayan los que no estén en su sitio. Y ello, sin acritud y sin rencor; sin temores ni nostalgias. Porque de no hacerlo así, tarde o temprano el puzle se quebrará. Y no se arregla el montaje poniéndole un pegamento más resistente — otorgando más y más competencias, muchas veces insolidarias con otras comunidades—. El germen del descontento seguirá latente y puede convertirse en odio… Si el poder central va cediendo competencias, llegará un momento que no tenga ya nada que dar. ¿Y entonces?
España puede ser un gigante, pero con pies de barro….; o al menos, un puzle mal montado. ¡Para algunos, lo parece!
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| Miles de viajeros —con toda la gama de maletas y fardos que la imaginación pueda concebir— bullían por los interminables pasillos del aeropuerto. Como si fueran una inmensa manada de ñúes atravesando las llanuras del Serengueti, permanecían a la espera. Un incesante hervidero de voces nerviosas, pasos inquietos y chillidos incontrolados —y hasta algún que otro sonido difícil de catalogar— infestaban los vestíbulos y las zonas habilitadas al tránsito de personas.
Las turbulencias y peligros del río Mara quedaban lejos de aquel aeropuerto mesetario; pero no por ello los inmigrantes estacionales se hallaban libres de asechanzas y peligros. Las temibles fauces de los cocodrilos habían dado paso a una inesperada, odiada y temida calamidad: la huelga; en esta ocasión, del personal de tierra. Las cancelaciones y retrasos se sucedían y aumentaban minuto a minuto; y por si fuera poco, más viajeros iban llegando a las áreas ya atestadas. Y el caos generado por la falta del servicio y las iras de los perjudicados, que era lo que perseguían los huelguistas, se acrecentaba.
Y, como ya era habitual en estas situaciones, nadie se dignaba, no ya a pedir disculpas por la situación creada, que sería como pedir nueces moscadas a un palo santo —por muy santo que sea— sino, al menos, a facilitar información y ayuda a los perjudicados. Como si fueran mimos de una función bien ensayada estos empleados, puntas de lanza de la empresa, se encogían de hombros, distendían los labios como simios enjaulados y, en cuanto podían, abandonaban la escena.
El histerismo de algunos afectados y la abulia de otros alcanzaba un extraño equilibrio fónico, circunstancia que no se daba en el cromático, pues tantos y tan variados —casi multicolores— eran los matices que la turba de viajeros parecía una concentración de razas humanas.
Melchor Bejarano estaba sentado al fondo de un largo corredor, al lado de un ventanal desde donde observaba las aeronaves paradas. Sus años de resistencia estoica a las intemperancias humanas aún no le habían recompensado con la mansedumbre y amabilidad que podían esperarse; al contrario, su bilis, en algún lugar de las convulsas entrañas, bullía como lava de volcán a punto de entrar en violenta e incontenible erupción. Miraba con ojos hastiados el abigarrado hacinamiento de un grupo de barbados siks que acechaban recelosos a unos hindúes musulmanes, quienes aprovechando la tensa espera se prosternaban en oración en medio de fardos, bultos y ansiedad. Pero ignoraba si imploraban paciencia y templanza para refrenarla o se hermanaban y pedían licencia para un acto de belicosa protesta.
Melchor había desembarcado de un Boeing 747, procedente de Santiago de Chile, a esos de las 6,30 y debía haber trasbordado a un Airbus A 380, a las 7,55, con destino al archipiélago de Socotora. Pero una cosa era su agenda y otra muy distinta la de aquellos insolidarios que se habían empeñado en trastocarla. Lo había intentado todo. Reclamar a la compañía en tres ocasiones: la primera, con las balas agolpadas en la recámara; la segunda, inerme y en son de paz; la tercera, con aire místico, resignado e ingenuo. No sirvió nada. A eso de las 13,30 ya había leído un extenso artículo sobre la incidencia de la aponeurosis entre los yanomanis, resuelto cuatro sudokus y leído las memorias de presidio de Mario Conde. Después de beberse dos cervezas y comerse un plato insípido de paella deambuló por los pasillos cerca de una hora. Para no violentar más la fragua de sus iras contenidas, se tomó dos cafés; luego, se compró una loción para después del afeitado y resolvió otro sudoku.
El aire era irrespirable; una nube invisible, pero perceptible, de olores acres y penetrantes flotaba en el ambiente. Presa del desaliento se compró el último premio Nadal. Pero fue incapaz de pasar de la primera hoja. Unos niños, cansados de corretear y restregarse por los suelos, pedían a gritos la merienda a unos padres de mejillas inexpresivas y macilentas. Tres obispos miopes se habían parado debajo de un panel; se acariciaban al unísono los enormes crucifijos que reposaban sobre las prominentes barrigas y trataban de descifrar la información. Un cura enjuto, que se mantenía en su retaguardia a prudente distancia, se acercó y murmuró algo en sus oídos; se volvieron sin disimulo y se encararon con un individuo de músculos bien saneados y trabajados que los miraba con insolencia declarada. Su ajustada camiseta dejaba ver parte del pecho donde aparecía una leyenda grabada, como si fuese un collar carmesí, que decía: La religión es el opio del pueblo. Los obispos, en cuanto el cura les puso al corriente del mensaje que lucía aquel descreído, se escabulleron entre la multitud.
Unos ejecutivos charlaban sentados en unos sillones de la cafetería más cercana; cuando se les acercó una vendedora de lotería se levantaron y le dieron la espalda; la mujer, sin desanimarse, agarró a uno por la manga y le puso los décimos delante de los ojos. Uno de los hombres sacó un billete de 10 euros y se los entregó a la lotera.
—Son 23, señor.
—No queremos lotería; tómese un café y váyase.
—Grasias, señor; usted sí es bueno.
Una procesión de africanos de elevada estatura, ataviados con túnicas escarlata, cruzó el vestíbulo con parsimonia; sus pies, desnudos en las sandalias, se movían en un vaivén de suspicacia y curiosidad. Miraban absortos a un grupo de jóvenes que cantaban y tocaban la guitarra en el rellano de una escalera, cerca de cuatro tipos barbudos, ataviados con uniformes y mochilas del Coronel Tapioca y que discutían en torno a un enorme mapa desplegado.
Melchor, regresó al mostrador para tratar de recuperar, al menos, el equipaje. No encontró a nadie. Esperó cerca de una hora hasta que una empleada apareció con aire despistado, como si acabara de sestear en las altas ramas de un árbol solitario. Dadas las circunstancias era impensable acceder a su petición —el personal de handling no estaba operativo, le replicó—, que lo intentara al día siguiente. Su vuelo se había cancelado y no había previsto ningún antes de las diez de la mañana. Cumplimentó una hoja de reclamaciones y decidió llamar a Vinuesa.
Carlota Vinuesa era una mujer muy servicial y desprendida. No le interesaban los hombres; nunca había salido con ninguno. Tampoco las mujeres. A ella solo le preocupaba el ser humano; así, a secas. Veía a las personas de una forma aséptica, podríamos decir; o, más bien, asexuada. Era una mujer que se desvivía por ayudar al prójimo. Donde medraban la miseria y el dolor, allí estaba ella. Melchor la había conocido en unas jornadas de Médicos sin Fronteras. En su céntrico piso, raro era el día que no había algún amigo o conocido; o, sencillamente, alguien desasistido y perdido en la gran ciudad. Comían, dormían, descargaban sus conciencias atribuladas y se iban. Y ella, feliz; como un madre siempre dispuesta. Pero tampoco disponía de mucho tiempo. Su trabajo de enfermera, unido a las tareas que desempeñaba en las asociaciones y grupos solidarios, apenas le dejaba un momento de respiro. Pero se sentía plena y dichosa cuando la carga de trabajo la desbordaba y conseguía zafarse de ella con la satisfacción de haber colaborado en alguna obra buena. Eso bastaba. No tenía otros anhelos, otras metas.
En menos de una hora ya estaba en una cafetería del aeropuerto absorbiendo los resquemores y disgustos de Melchor. Carlota sabía escuchar; no importunaba y mantenía el semblante sereno con unos labios finos que se movían imperceptiblemente y se abrían en una sonrisa franca, amigable, que calmaba la ansiedad más aguda. Ella no tenía los problemas ni los agobios de Melchor: nunca se tomaba unas vacaciones; y si dejaba el hospital era para dedicarse con más ahínco a las labores en las asociaciones; dentro o fuera del país.
La gente, desde siempre —decía Melchor— se movía por instinto reflejo, por mimetismo; ahora, estaba de moda vacacionar y había que hacerlo, costase lo que costase; aunque después estuviese medio año pagando las malditas jornadas de esparcimiento. Llenaba los espacios de ocio y relax —como los definía un turoperador—, migrando estacionalmente, para congregarse, igual que leones marinos en la Península de Váldés o como pingüinos en las playas de Georgia del Sur, en arenales y sesteros. Era un simple cambio de roca, arena o alcándara; pero siempre con la misma pauta: pelear por un trozo de tierra para poder tender la toalla, remojarse o llenarse la panza. Habitualmente no eran luchas a dentelladas y puñetazos; era algo más sutil, menos cruento; aunque igual de humillante. El dinero, con su enorme fortaleza, ejercía de excelente acomodador y colocaba a cada cual en el asiento correcto, en el nicho adecuado. El dinero era respetado y todos lo adoraban como al dios más poderoso de la civilización. Pero el instinto de cruzar el río Mara —de vacacionar— y proseguir la migración era irrefrenable y nadie se amilanaba por pequeñeces; la fuerza mimética de la manada era invencible. Todo el mundo viajaba y era imposible encontrar un lugar de interés libre de turistas; todas las colmenas estaban a rebosar; todas las perchas ocupadas. Pero eso a nadie le importaba; en cambio, para Melchor, esa realidad era desquiciante. Y los huelguistas, cual manada de felinos emboscados —ávidos de insolidaridad y egoísmo— cerraban las vías de escape.
Vinuesa mostró sus manos —blancas de ternura, grises del esfuerzo— y como una sacerdotisa enarcó las cejas invocando al dios cotidiano que revoloteaba en la nube de sus desdichas. Ningún oráculo acudió a su llamada; pero su gesto, amable y sereno —dulce como rayo de luna entre olas— calmó la encrespada espuma del oleaje. Decidieron irse a cenar a su casa; por la mañana, de paso al hospital, le alcanzaría al aeropuerto.
En el coche esperaba la hermana Celestine, una monja carmelita enfermera que había venido a solicitar el envío de personal sanitario y medicamentos pare el sur del Chad, en un proyecto de cooperación para tratar la oncocercosis o ceguera de los pantanos, trasmitida por la mosca negra.
Dos mujeres: dos sonrisas sutiles, dos gumías en la sombra. Melchor se sintió incómodo, como la primera vez que sostuvo el bisturí entre las manos inexpertas.
Tras la cena, en la terracita de Vinuesa, las luces de la ciudad pasaban fugaces. Las voces susurradas, sin prisas, orvallaban los pensamientos de Melchor.
África, espera, decía la hermana Celestine con enigmático acento; todas las manos son pocas; usted es no hace mucha falta, doctor…
Un Tía María, negro y misterioso como los ojos de la hermana Celestine, invitaba al sueño, a la tentación. Por un momento se vio en un sórdido quirófano, sudoroso y desquiciado, a punto de arrojar el bisturí contra la lona. Pero los ojos de la hermana Celestine, se toparon con los suyos; y aquel rayo turquesa, delicado y misterioso, vigoroso y terrenal se posó en su corazón a la vez que sus manos de ardiente ébano sublimaban el vapor de las suyas.
Pero África no era un sueño placentero; era una marisma infestada de peligros, de miserias. Y Melchor no era un peón de brega dispuesto al sacrificio. Él no era un misionero de pies descalzos, sino un purpurado de doradas sandalias. Él no era un médico de aldea miserable, sin asepsia ni medios; era un cirujano de quirófanos brillantes, un estilista de la medicina puntera. Eran tantos sus proyectos, tantas sus expectativas…
¡Dejarlo todo y marcharse a las trincheras…!
—El doctor, hermana Celestine, es un hombre rico.
La hermana, evocando al joven del evangelio de Lucas, le miró con ojos compasivos, casi contritos; como si, con su actitud y palabras, le hubiera ofendido. Y se retiró de puntillas, delicada cual brisa del crepúsculo, a la orilla del lago de sus sueños. Ella era una Magdalena siguiendo las huellas.
Carlota también se fue a la cama; sin resabio; dejando en el parqué la pausada quietud de sus pies descalzos, sin ligaduras. Y su frágil malicia, apenas una brizna en un jardín de camelias, se diluyó como una mariposa descarriada en la noche.
Dentro de dos días, ambas se marchaban para África; seis meses de dura siembra, entre cardos y espinas.
Melchor se acodó en el pretil de la baranda y tras un breve devaneo, saltó del caos aeroportuario a la espléndida mansión del cirujano hindú que ya le estaba esperando en la solitaria playa del Índico, lejos de las desoladas tierras chadianas. |
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| Si el ser humano fuera un barril de bondad, por sus grietas y poros saldrían torbellinos de comprensión y tolerancia. Y si —como se cuestionan algunos cerebros iluminados— hay vida antes de la muerte, en este insignificante trecho del camino, que sin duda nos deslumbra, ¿quién tiene la autoridad y la seguridad para juzgar y condenar? Aparecemos a la luz desde las tinieblas protectoras, amalgamados por leyes y pautas de maravillosa y armoniosa diversidad funcional, sin que nadie pidiera nuestro concurso; nuestra aquiescencia o rechazo. Y ya aquí, durante el fogonazo que dura nuestra andadura cognoscible, nos empeñamos en imponer y sojuzgar a los que se salen de la horma supuestamente conocida; supuestamente correcta. Hasta que, de nuevo, regresamos a las tinieblas protectoras…
El día 4 de Julio, muchas personas, en campo raso y festivo, celebraron el día del orgullo gay…; otras, posiblemente, mirarían parapetadas tras los sacos terreros de su rígido y doliente cerebro.
Que alguien tenga que hacer una celebración por esa circunstancia parece triste y absurdo. Cuando nada se ha tenido que ver en esa realidad, ¿qué merito o demérito tengo? Si el ser humano rechazara a todo aquel que le fuera distinto, se quedaría solo; solo y condenado a la perdición. Si en un momento dado comenzaran a aparecer seres con tres brazos, ¿los excluiríamos? ¿Se les extirparía uno para que fueran normales? ¿Qué haríamos? ¿Qué haríamos si a mediados de esta centuria el 40% de los humanos, por poner una cifra, naciesen con acondroplastia?
La realidad es que nos creemos dioses con poder y autoridad para masacrar a nuestro antojo a aquellos que se salen de la norma. Y ningún dios benevolente, en caso de existir, daría patente de corso para rechazar y condenar a nadie. Pero los dioses son invenciones humanas, a las que nos asimos para autentificar nuestras macabras acciones y extraños desvaríos —también, para realizar acciones edificantes y loables—. Pero si los dioses creadores, engendran o permiten la eclosión de seres distintos a los cánones establecidos, o es por error o a tiro hecho. Si lo primero, se debería rechazar por absurdo y repugnante a la razón; si lo segundo, como una prueba o ensayo, de alcance abstruso; aunque vituperable, a la luz de nuestra inteligencia. A no ser que los que rigen las esferas celestes sean unos entes pérfidos y sádicos…
Los seres humanos caminamos dando bandazos, como beodos excitados de avaricia y soberbia. Los tropiezos que nos hacen caer y los ecos de las risas burlonas que escuchamos nos abren los ojos; y lo que ayer nos parecía más negro que una pella de alquitrán, hoy nos resulta de un gris moteado de nácar.
¿Y mañana…? Mañana puede ser blanco armiño o rosa pálido con ribetes malva. ¿Quién lo sabrá? Pues, si ni el ayer ni el hoy están escritos, ¿qué podremos decir del mañana? Ni Machado lo sabía.
Solo cabe, mientras dure el efímero resplandor, dotarnos de una mente abierta y generosa, pues nadie sabe si la herramienta que blande y usa es la adecuada para la contienda en la que nos han enrolado. Lo peor será creerse que la situación que cada cual siente y vive es la correcta y, sobre todo, que quiera imponerla a los demás.
Salgamos de la cueva y veamos otras realidades, otras primaveras; otras mariposas revoloteando en otras flores, y la vida será más armoniosa y seguramente más plena.
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Cuando ya concluía el día divisé una pancarta abandonada que decía:
Fanfarrias y carrozas desfilan jubilosas
por las alamedas mudas. Hembras lujuriosas
aletean sus nalgas sobre estrados sonoros
y esbeltos mancebos, de mil modo acicalados,
se acarician los torsos en bronce depilados,
mientras borboritean aceite por los poros.
¡Que nadie se alarme! ¡Es el día del orgullo gay!
Vindican sus derechos: están fuera de la ley.
Sin tregua perseguidos, torturados, quemados
en la hoguera, alzan su voz rasgada y serena;
y entre arrumacos y besos sepultan la pena,
el oprobio y la vergüenza de los humillados.
Surge un nuevo amanecer en el siglo veintiuno.
Los partidos progresistas, todos de consuno,
modifican rancias reglas... Derechos nupciales,
cohabitar, enviudar, divorciar y también testar;
prohijar, heredar y al fisco en común tributar;
y con cargo al erario, mutaciones sexuales.
¡Vida nueva! Desde ahora los homosexuales
derechos plenos ostentan. ¡Al fin son normales!
Pasan página y miran el futuro sin ira;
pregonando sin doblez el triunfo batallado
se aprestan al nuevo orden con fervor renovado.
Con asombro aún, pues les parece mentira.
Mas nuestra lengua hispana queda mutilada;
y sin nombres de tan rancio abolengo, mermada.
Invertido, pederasta, cacorro y bujarrón;
sarasa, nefandario, garzón y sodomita;
afeminado, puto, marica y mariquita;
lesbiana y bardaje; y para acabar: ¡Maricón!
Tan ancestrales palabras ya se desvanecen,
y del acervo castizo y popular fenecen.
Ni siquiera veremos por los barrios al julay.
El voraz y temible rehilete anglicano
invicto silbará; resistiremos en vano,
pues el mortal tan solo será ya hetero o gay
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