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EL AMOR Y CARIÑO A NUESTROS ANIMALES DE COMPAÑÍA

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En semanas pasadas se nos murió nuestro querido perrito Roki a la avanzada edad de veinte años, mi hija Ana Mari nos mandó la noticia por teléfono, “Roki tranquilito se fue a El Cielo” y tanto mi esposa como yo, y todos los miembros de la familia sentimos un disgusto y un dolor muy difícil de cuantificar y de expresar, pues su tierna mirada dulce, transparente y fiel se nos ha quedado grabada en nuestros corazones para siempre.

Llegó Roki a nuestra casa hace veinte años, lo trajo mi hija Ana Mari de Las Palmas con apenas unas semanas de nacido, parecía un pequeño angelito que no hacia otra cosa que dormir, ladrar, y tomar su leche cuando tenía hambre. Pero creció muy rápidamente y a las pocas semanas ya era el dueño del piso, recorriéndolo constantemente, metiéndose debajo de las camas y echándose sus largas siestas en el sofá, preferiblemente para él acostado sobre las piernas de alguno de nosotros, y así fue ganándose el puesto de ser el mimado de la familia, vio nacer a mis nietos, y nos acompañó tanto en avión como en barco a nuestras vacaciones en El Hierro donde se sentía mas cómodo en nuestra casa de Tigaday, por las mañanas estaba pendiente de la camioneta para subirse y acompañarme a la finca, en la cual me seguía constantemente durante toda la mañana, y si me subía a algún árbol o parral se colocaba al pie del mismo mirando fijamente hacia mi como si me hubiese querido proteger o para avisarme si me podía caer, pues a veces emitía unos extraños chillidos como si me quisiera advertir algún peligro.

Durante tantos años formó parte del grupo familiar, incluso nuestro hijo emigrante en Gran Bretaña cuando ha venido, entre sus primeros pasos uno era ir a abrazar al pequeño Roki, y él lo conocía y respondía a sus caricias, y también mi nuestro hijo Donacio desde Londres nos ha transmitido su pena por la muerte de Roki.

Es la tercera vez a lo largo de mi ya larga vida, que yo experimento una sensación de esta naturaleza, la primera fue siendo yo un niño de diez u once años, cuando nuestro abuelo Francisco vendió el burro negro que había en casa y al cual nosotros le llamábamos MACEO, en nuestra mentalidad de niños nunca pudimos entender por qué nuestro abuelo vendió el burrito que era parte de nuestra vida infantil, que lo adorábamos y que nos llevaba a todas partes, después comprendimos que nuestro abuelo también se arrepintió de haberlo vendido, pues el mismo lo echaba de menos, nunca he olvidado la estampa cuando un hombre de Merese se lo llevó.

Cuando decidimos mi familia y yo regresar de Venezuela definitivamente a nuestra tierra, poco a poco fuimos desmantelando la casa y embalando cosas, muebles, elementos de recuerdo etc., y así estuvimos varios meses, pero no se nos ocurrió pensar, hasta última hora ¿qué hacíamos con nuestro perro Kin? Y la verdad es que cuando nos dimos cuenta que el cambio de vida llevaría consigo dejarlo atrás nos quedamos de piedra, no podíamos admitir que aquel animal fiel guardián de la casa, juguete de nuestras hijas, casi miembro de la familia por algunos años tendría que separarse de nosotros, todavía recuerdo su mirada tierna y constantemente cariñosa, cuando se lo regalé a un vecino y amigo, me pareció que me miraba incrédulo de que fuésemos capaces de abandonarlo.

Cuando regresé a Venezuela y hube de soportar el duro trance de ver nuestra casa, adquirida con tantas ilusiones años atrás, donde crecieron nuestras hijas y donde vivimos tantos momentos de calor familiar, habitada por personas extrañas y sin los ladridos de nuestro perro Kin, experimente un gran dolor, y fui a verlo a casa del amigo, me saludó muy cariñoso, pero también me demostró que ya pertenecía a otra familia que lo mimaba y que fue su refugio cuando nosotros los abandonamos.

Cosas de la vida del emigrante.

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